Capitulo 3: Sorpresas

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Tenía recuerdos vagos de esta parte de Shadows. Esta calle estaba muy poco habitada, en realidad solo había dos casas y una de ellas estaba vacía, según me acordaba. El final de esta calle se abría en un camino que iba a parar a la entrada de un bosque parecido al que había enfrente de mi casa. Era verde, con una gran vegetación y abundaba el musgo de una manera sorprendente, a pesar de la sequía de estos días.
            Pero la casa que yo recordaba vacía no lo estaba. A distancia, distinguí tres coches entrando en el garaje, seguidos por un camión de mudanzas. No podía dejar de pensar en mi amigo Drake. ¿Por qué no estaba preparada para contestar a sus e-mails? Le estaba hiriendo, le estaba fallando. Y no quería hacerle eso, me mataba. ¿Cómo puedes dañar de esa manera a una persona que tanto quieres?
            Espero que no se haya enfadado conmigo. Todavía no había leído sus e-mails del jueves y viernes, y aún me faltaban los de hoy. Tenía que contarle todo, para que lo comprendiera. Él creía que no quería estar con él, que no le contestaba porque no me daba la gana. Pero… ¿cómo podía pensar eso de mi?
            La casa era muy guapa, tenía inspiraciones victorianas y contaba con un gran jardín. Era de piedra, y se podía observar un verde laberinto desde la entrada. Me gustaría entrar, debería de ser preciosa por dentro. Según tenía entendido, había una puertecita en el jardín trasero que se comunicaba con el bosque a donde yo iba.
            Los coches aparcados delante de la casa eran muy lujosos, aunque yo no entendiera mucho sobre automovilismo. No deberían de ser muy baratos. Había un Jaguar, un Audi S6 y otro menos lujoso cuyo fabricante no supe distinguir. El Jaguar era de color gris, el Audi blanco y el otro coche de un color parecido al beige. Me quedé mirando para la casa, ¿Quiénes serían nuestros nuevos vecinos?
            Apuré el paso para ir hacia el bosque, no quería que nadie me viera y me atosigara con preguntas. Me consideraba una persona tímida pero capaz de hacer amistades rápidamente. Puede que la culpa de esa timidez la tuvieran Nicole y las suyas.
            El bosque estaba muy cambiado, la tonalidad había cambiado del verde al marrón. El suelo estaba cubierto de hojas marrones, me recordaba al paisaje del otoño. No había musgo, ni los árboles estaban tan frondosos como la última vez que vine. ¿Pero qué demonios estaba pensando? Todo había cambiado. Y el mundo cada vez más, y el tiempo, las épocas, la forma de comportarse la gente… Todo seguiría cambiando hasta que explotara por algún lado. Porque un día, tanto iba a hincharse el globo, que este iba a acabar explotando.
            Miré alrededor, al extraño paisaje. A todo. Porque este era completamente desconocido para mí, igual que las personas que había acabado de ver mientras se mudaban. La última vez que vine, el suelo estaba cubierto de piedrecitas, y ahora estaba mullido, como si estuviéramos en Octubre. Los arboles estaban casi secos y me dio la impresión de que habían disminuido de tamaño. ¿Cómo todo pudo cambiar tanto? ¡Es verdad! Habían pasado seis meses desde mi última salida de casa.
            Recuerdo con claridad la última vez que puse un pie en la calle. Había ido a los extremos del Bloody Lake a ver a mi amigo Drake Marsden. ¿Qué cosas no recordaba? Tenía una memoria fantástica. Pero aquello fue el comienzo de todo un drama…
            -¿En qué piensas?-inquirió Drake, preocupado por mi expresión facial. Tenía el ceño fruncido. Aquel era un motivo demasiado suave para inquietarse.
            A pesar de todo, no sabía que contestarle. No era capaz de pensar con la descarga de todo el poder de su mirada contra mí. Me resultaba muy difícil. Drake era un muchacho de veinte años de pelo rubio por debajo de las orejas, ojos azules grandes y moreno de piel. Era como un hermano mayor para mí, aunque a veces resultara ser un verdadero pesado. 
            -Ya sabes…en los problemas de mi vida-le respondí con vagancia. Mi mirada estaba fija en el horizonte.
            Se produjo un incómodo silencio entre los dos. Le observé, su rostro estaba crispado y con un gesto burlón al mismo tiempo. Drake Marsden siempre había sido un incomprendido. Tenía que aceptarlo.
            -Vamos…todo va a ir bien-me aseguró-Solo deja de pensar en esas cosas.
            -Consolando eres único-añadí, intentando darle las gracias por medio de ese comentario.
            -Tienes que liberar tu energía positiva en aquello que más te entusiasme y te haga sentir feliz. Luego, las vibraciones negativas de tu interior-inspiró profundamente-se esfumarán.
            Negué con la cabeza antes de agregar:
            -No me vengas con clases de yoga.
            Soltó una sonora carcajada. Puse los ojos en blanco. Esto apoyaba a la teoría de la disimilitud que tenía Drake con el resto del mundo. A él ese hecho no parecía afectarle, lo cual conseguía sacarme una sonrisa siempre. Ahora no estaba para reírme, sería una absoluta falta de respeto a los acontecimientos desastrosos que amenazaban con destruirme la vida.
            -Tonto-le espeté con desagrado cuando acabó de reírse. 
            -Prefiero ser tonto a ir de lista como tú-contraatacó en tono aún burlón.
            -Yo no voy de lista-refuté poniéndome cada vez más seria.
            -¿Por qué me llamas tonto, entonces?-preguntó casi afirmando, con el rostro serio de repente.
            -Pues porque lo eres-me quejé poniendo las manos sobre la cabeza. Me revolví el pelo, nerviosa.
            Me observó detenidamente, aunque yo no lo estuviera mirando. Había vuelto a posar la mirada en el lago azul que se hallaba a menos de cincuenta metros de mí. Sentí nostalgia, tenía ganas de gritar y llorar sin parar.
            -De verdad…es cierto que te han afectado los recientes sucesos-reconoció mi amigo pagado de sí mismo.
            -No paran de discutir ni un minuto.-sollocé-No sabes lo que es vivir en esa casa. Todo es negro y oscuro-inspiré para controlar mi tono de voz-Si esto no se soluciona, voy a tener que buscarme una…alternativa.
            -No hace falta recordarte que eres bienvenida a nuestra casa-dijo como si tal cosa-Aunque ya verás como todo se soluciona. Solo…haz lo que te dije.
            -El Bloody Lake parece interminable.-musité cambiando de tema.
            -Hay cosas que no tienen porqué terminar-me explicó con gesto pensativo.
            -Puede que tengas razón…pero la vida es bastante puñetera a veces-me lamenté con un ligero enfado en mi tono de voz-Desearía que… apareciera alguien con una varita mágica y solucionara TODOS mis problemas. Sería fantástico.
            -Mira, Bethanie… muchas veces no te comprendo. Eres la primera que recurre a la lógica para explicar cualquier cosita de nada, y crees en las hadas. Pues no existen ni esas personas, ni las varitas mágicas…ni nada.
            -Tengo que irme a casa-me despedí ignorándole.
            -¿Cómo? ¿Por qué?-preguntó con ansiedad.
            -Voy a tratar de evitar algún disgusto-musité con un ligero toque de humor negro-Ya tengo bastantes.
            -Te acompañaré-me dijo, levantándose.
            -No-disentí. Me dedicó una mirada confusa-Eres muy importante para mí, Drake y no quiero buscarte problemas.
            -¿Problemas? ¿Qué problemas?-preguntó con fastidio.
            -Pues con tu padre, que es muy estricto, o con tu madre, que no lo es tanto pero se preocupa mucho por ti. Por favor, no hagas esto más difícil de lo que ya es-le expliqué.
            -Quiero acompañarte porque de esa manera podría ver a tu padre y darle un recado de parte del mío. Quiere verle…
            -Adiós, Drake. Ya nos veremos-me despedí.
            Se limitó a asentir, rendido. Le di las espaldas y me dirigí hacia mi coche, aparcado a apenas setenta metros de mí. Era un Volkswagen escarabajo, el modelo nuevo. Era de color blanco y lo tenía bastante sucio. Tendría que lavarlo cuando las cosas se tranquilizaran en casa. Era normal que lo tuviera en ese estado: el camino a la casa de Drake estaba en muy mal estado y era arenoso, a menudo lleno de charcos.
            Puse la calefacción casi a tope, arranqué y di marcha atrás. Encendí el estéreo, puse un CD con canciones actuales para animarme y pisé el acelerador.
            Subí la cuesta con tranquilidad, no tenía prisa. Atravesé el bosque de pinos, que tenía un estrecho camino rocoso. Las ruedas colisionaban contra las piedras haciendo un ruido que hizo que las manos me resbalaran en el volante. Aquel fue el día del principio de la pesadilla que venía después.
            Me arrimé a la corteza de un árbol, mientras me remordía la conciencia. La vida, el tiempo, las amistades… todo lo había perdido. ¿Por qué me había pasado esto con tanta rapidez?
            En ese momento, aunque estuviera lo suficientemente concentrada como para no oír nada, noté que alguien se estaba acercando a mí. Las hojas crujían cuando pasabas por encima de ellas. Volteé la cabeza rápidamente, pero no vi a nadie. Miré completamente a mí alrededor, controlando la zona, milímetro a milímetro, con los ojos. Pero no había nadie. En ese momento, noté como las hojas crujieron muy cerca de mí, al menos más que antes. Me di la vuelta de nuevo, y fue entonces cuando lo vi por primera vez.
Era un chico de estatura media, no menos de metro setenta y cuatro y tampoco más de uno setenta y nueve. De cuerpo delgado, pero sin pasarse. Parecía deportista, en realidad tenía pinta de jugar al fútbol por la forma de su cuerpo. Su cara estaba bronceada, como un típico surfista, pero no era rubio, sino que tenía los ojos marrones y su  pelo era negro, corto y engominado, pero no de un color demasiado intenso. Tenía los labios de un color rosa apagado, pero lo que más me llamó la atención fueron sus ojos. Eran de estos que no sueles ver, abiertos y atentos.
Llevaba una camiseta de color azul grisáceo que le hacía muy buena sintonía con los ojos y una cazadora de loneta negra. Había sabido combinar esa ropa con pantalones vaqueros y deportivas blancas. De todas maneras, fui bastante parca con él.
-¡Me has asustado!-le recriminé con fastidio.
-Lo siento, ¿vale?-se disculpó con sinceridad-no se me da bien eso de acercarme sigilosamente.
-Pues exactamente eso es lo que mejor se te da-le espeté. Me puso una cara excéntrica, y recapacité de inmediato-Quiero decir…-dije con voz más sosegada-podías haber pasado de largo en vez de acercarte tanto a mí.
-Perdona otra vez-repitió con la misma voz de antes. Por un momento, me sentí estúpida; estaba siendo completamente grosera con él, y no quería que se llevara una mala impresión de mí.
-No, soy yo la que debe de pedirte perdón. No suelo ser así de grosera, pero… me asustaste mucho ¿sabes? No es muy saludable para el corazón llevarse un susto de esos-me reí, haciendo uso de mi mal sentido del humor.
-Eh, da igual ¿de acuerdo? Es normal que me hayas contestado así, te he metido un buen susto supongo-dijo revolviéndose su pelo corto, como si estuviera orgulloso, pero sin tocar la parte engominada. Me volví a reír.
-¿Eres nuevo? ¿Te acabas de mudar o qué?-pregunté con curiosidad.
-¿Por qué?-preguntó casi como si estuviera afirmando.
            -Nunca te he visto por ahí… y he nacido en Shadows.
            -¿Sales mucho por la calle acaso?-inquirió con un tono cómico. Le dediqué una mirada furibunda. Rápidamente sacudió la cabeza, arrepentido-Perdona, pero tú delgadez y falta de color en la piel me hizo pensar eso.
            -No te culpo ¿sabes?-le contesté con indiferencia, mirando fijamente al suelo mullido de hojas-Cualquiera puede pensarlo-levanté la cabeza, y miré al vacío-En estos últimos meses mi vida…-titubeé.
            -No te sientas obligada a contármelo. Literalmente soy un desconocido. Es la primera vez que me ves-bromeó haciendo el sonido de un fantasma con la boca.
            Sonreí con todas mis ganas. A pesar de los meses pasados, aún guardaba la capacidad que me permitía hacer amigos fácilmente. El se rió conmigo. Me pareció buena persona.
            -¿Cómo te llamas?-le pregunté mientras que empezábamos a andar por el bosque.
            -Cedric Bradbury, pero puedes llamarme Ced o algo por el estilo, o simplemente Cedric. Me da igual.
            -Me gusta Cedric-me sinceré. Me dedicó una amable sonrisa.
            -Pues como quieras-prometió-¿Y tú? ¿Cómo te llamas?
            -Bethanie Burton. Llámame Bethanie-le dije, imitando su expresión facial. Se rió.
            -Con respecto a lo de antes… sí, me acabo de mudar. Mis padres estarán deshaciendo las maletas ahora mismo.
            -Es tuya la casa de… esa calle-musité, adivinándolo.
            -Mmm… sí, pero lo dices como si tuviera algo de malo-sospechó.
            -Eh, no para nada-negué rápidamente-Solo que es muy bonita y tiene el jardín más cotizado de Shadows. Solo quería asegurarme.
            Se rió antes de añadir:
            -De acuerdo.
            -Y… ¿cuántos años tienes? ¿Qué os ha motivado para venir a vivir a Shadows?-pregunté con curiosidad.
            -Está bien. Tengo veintidós años y hemos venido aquí porque han trasladado a mi padre.
            -¿En qué trabaja?
            -Haces muchas preguntas-me recriminó, casi partiéndose de risa.
            -Y tu respondes pocas-le respondí, un poco desconcertada.
            -De momento todas te las he respondido, pero… mi padre trabaja de director en un importante banco que tiene muchas potencias en cuanto al manejo del dinero de los grandes magnates petroleros del país.
            -Vaya-me asombré-Debe de molar.
            -Ni te lo imaginas-arrastró las palabras con sarcasmo.
            -No pareces muy entusiasmado.
            -Es que lo intento pero se me da muy mal-admitió- Y bueno, háblame de ti ¿En qué trabajan tus padres? ¿Dónde vives?-preguntó animado.
            -Mi… madre murió hace varios meses-sonrió, compungido. Rápidamente me serené-Y George maneja negocios que apenas conozco. Tan pronto está con unos hombres, como está con otros. Me parece que mata a los que él no considera útiles-cavilé con malicia.
            -Pues menos mal que es tu padre.
            -No estoy muy orgullosa de eso-le confesé, mirándole a los ojos quedamente-A veces me parece que…-me callé, porque no quería decir ninguna tontería.
            -Se que es mucha intromisión por mi parte en cosas que no me conciernen, pero… ¿Por qué piensas eso de tu padre? ¿Acaso te ha hecho algo?
            Miré a uno de los árboles, con lágrimas en los ojos, preguntándome porque a veces hablaba tanto. Me limité a responderle sin mirar. Pensé dos veces antes de contestar.
            -Es una larga historia-evadí la cuestión, no quería ponerme a llorar.
            -Bueno, no te estoy diciendo que me la cuentes. Lo comprenderé si crees que no soy una persona… confiable para ti.
            -Algún día te la contaré, cuando esté preparada para ello-le prometí.
            -Eso significa que volveremos a vernos, ¿verdad?-se aseguró con voz entusiasta.
            -Si quieres, vamos.
            -Claro que quiero. ¿Dónde vives?
            -En Windsor Avenue, pero no te preocupes, es fácil de llegar. Nos separa una hilera de casas. Ahora tengo que irme. Mi padre…-me despedí-Gracias por el paseo. Ha sido un placer conocerte, Cedric Bradbury.
            -Igualmente, Bethanie Burton.
            Di la vuelta y volví a recorrer todo el espacio que habíamos caminado juntos, porque temía no llegar a casa temprano. Todavía eran las ocho y media de la tarde, y estaba anocheciendo. ¿Por qué el tiempo, desde que me encerraron, se me pasaba tan despacio? Será porque lo paso mal. No es muy saludable para nadie estar encerrado seis meses sin estar en contacto con el exterior.
            Salí de nuevo a la calle. El camino de vuelta se me había hecho más rápido que el de ida, pero es verdad que andamos muy despacio y que mi ritmo de caminar era muy ligero. Volví a ver esa casa, la de Cedric, pero esta vez no vi los coches. Giré a la izquierda, pues era la manera más rápida de llegar a casa.
            Mi calle estaba formada por una parte de adosados y otra parte de mansiones gigantescas. Una de esas era la de mi padre, que ocupaba una gran parcela. Amaba el reflejo de la luna difuminado en el estanque que había en el jardín. No consideraba la casa de George mía, en realidad solo consideraba de mi propiedad el alféizar de la ventana. Cualquier día podrían echarme incluso de casa si decepcionaba a mi padre demasiado. La pregunta era… ¿no lo tenía decepcionado completamente ya?
            Cuando abrí la puerta del jardín, me dio la sensación de que estaba invadiendo un territorio ajeno. Había más coches que de costumbre, y de pronto los reconocí: uno de ellos era de mi tío Alex, el hermano de mi madre, que tenía un Audi R8 Spyder, el otro era de Hayley Winston, una vieja amiga de la familia, la cual estaba forrada y tenía un Ferrari negro. Entré a casa, dubitativa. ¿Tan pronto íbamos a cenar hoy? Estaba claro que sí.
            Tuve las ideas bien claras cuando llegué al comedor. Mi padre se sentaba entre Danielle y James, en una de las dos sillas principales de la mesa. Alex estaba sentado al lado de mi hermana, Hayley entre James y yo y Margaret a mí lado. No estaba Natalie, ¿Por qué?
            Supe que iba a tardar poco en conocer la respuesta. Me senté en mi sitio de siempre, el de hace seis meses. En el lugar de Margaret se sentaba mi madre. Intenté sacarme de la cabeza por el momento esos recuerdos, pues me provocaban nostalgia.
            Mi abuela había puesto un mantel de color crema sobre la mesa, haciendo juego con las servilletas y la vajilla. En el medio de la mesa y al alcance de todos había una fuente con roast-beef y patatas cocidas. Todo tenía muy buena pinta, desde los emparedados de jamón y queso hasta un postre alemán que se comía con nata montada, que Margaret sabía probar de miedo. Mi padre intentaba que el ambiente fuera familiar, pero ni siquiera se parecía. Solo con su presencia y la de Margaret, esto  se parecía a los orígenes de la inquisición.
            No me gustaba estar rodeada de caras serias. Ya había vivido atormentada durante varios meses, cuando a Azora Burton le dieron las ganas de morirse. Pero aquello no se parecía ni medio pelo a cuando yo estuve encerrada, era un ambiente desconocido para mí. Me sentí tan incómoda que incluso me dieron ganas de marcharme, pero decidí que no debía porque haría quedar mal a George y a Margaret, lo cual no me proporcionaría beneficios.
            -Bethanie-comenzó mi padre. Me dieron escalofríos cuando pronunció mi nombre después de tanto tiempo-Hemos pensado tu abuela y yo que ya es hora de que reanudes tus estudios universitarios.
            -Sí, debes de seguir con eso. Pero lo mejor es que lo retomes en Octubre, a principios del curso académico-dijo Margaret con tono convincente-Ya nos encargaremos George y yo de hablar con los profesores para que puedas recibir clases en navidades. Así, no tendrás que repetir segundo.
            -Y daré en tres semanas lo que no di en seis meses ¿verdad?-me aseguré con un ligero toque de sarcasmo, asintiendo.
            -Sí. Tu padre y yo creemos que es lo mejor-determinó ella.
            -De acuerdo, pero ¿no sería mejor que lo diera por el verano?-pregunté.
            -Queremos dejarte descansar. Hace mucho que no ves a Drake-dijo mi padre. Aquello casi me derrumbó. Seguramente, los buenos modales de sus mails irían disminuyendo progresivamente por días. No quería ni imaginarme los de hoy.
            -Ya, papá-coincidí. Sonrió cuando pronuncié la última palabra. Me arrepentí de inmediato al haberla dicho.  
            -Vamos a hacer una fiesta aquí, con motivo de vuestra liberación. Será dentro de una semana. Tenéis tres días para repartir doscientas invitaciones, que es el máximo número de personas que podéis traer-anunció George. Danielle, James y yo pusimos la misma expresión de estupor.
            -¿A qué hora empezará?-preguntó Danielle, casi entre dientes.
            -A las once y cuarto. Y la hora final, la que vosotros queráis. La abuela y yo dormiremos en la pequeña casita del jardín. Para eso mandé construirla.
            Esa casita era muy acogedora. Tenía dos pisos, y era como rural, de ladrillo y con el suelo de madera que sonaba al pasar. Había dos habitaciones separadas por medio tabique en el piso de arriba y un solo baño en el piso de abajo. Había dormido muchas veces ahí, cuando Danielle, James y yo jugábamos a las escondidas cuando éramos pequeños.
            -Oye George… ¿Y no podría yo traer a alguno de mis colegas?-inquirió mi tío Alex con tono cómico.
            -Sí te encuentras dispuesto a venir… habitaciones en esta casa sobran. Podrían quedarse a dormir la mayoría de los invitados. Mandaré a la criada que las acomode.
            -¿Cuántas hay?-preguntó Hayley, interviniendo por primera vez en la conversación.
            -Unas treinta, y cada una tiene dos camas de matrimonio y doble baño. Esta casa lleva perteneciendo a mi familia desde hace siglos, pero yo mandé remodelarla-contestó George, orgulloso.
            -¿Y por qué usted vino el otro día a vivir aquí, Margaret?-quiso saber Hayley. Aquello se estaba pareciendo a un programa de prensa rosa.
            -El casado casa quiere-murmuró-Yo no quería estorbar para nada.
            -¡Pero cómo dices eso, mamá! Tú no estorbas nunca. Una madre jamás lo hará. Y menos con las delicias que nos preparas.
            Enarqué una ceja, dejando pasar por alto aquella frase. Pues qué raro que estuviera soltero después de casarse con tres mujeres distintas.
            -Entonces, hecho George-avisó mi tío el bromista, Alex-Traeré a dos de mis mejores amigos, ¿vale?
            -De acuerdo, Alex. Dale recuerdos a Natalie de mi parte, por favor.
            -Seguro-prometió. Luego miró para mí-La abuela te va a mandar la semana que viene más magdalenas. Está haciendo a lo bestia. Ha dicho que iba a idear un paquete ligero para enviarte setenta y dos magdalenas sin pagar más de lo necesario.
            -Guau, dile que gracias-sonreí, y él me devolvió la sonrisa-Ya las extrañaba.
            -Y también dígale, Alex, que me mandé la receta-añadió Margaret-Aunque puede que sea un secreto familiar.
            -No se preocupe, se lo diré-juró.
            -Entonces, papá…-se quiso asegurar James-¿la fiesta esa puede terminar a la hora que queramos?
            -Sí, ya os he dicho que es con motivo de vuestra liberación.
            -Entonces… ¿qué os parece a las tres?-preguntó Danielle.
            -¡Más tarde, que no hay prisa! Empieza a las once y cuarto, asique…-intervino mi tío.
            -A las… ¿cuatro y media?-pregunté.
            -Yo voto por las cinco y media-dijo James.
            -Estoy contigo, chaval-coincidió Alex.
            -Entonces, a las cinco y media-decidimos Danielle y yo al unísono.
            -Tú y yo nos encargaremos de las bebidas, Alex-dijo James, mientras que mi tío asentía con una feliz y entusiasmada expresión facial-¿Qué día vas a llegar?
            -Mmm… ¿qué día es la fiesta?-preguntó el interpelado.
            -El viernes-respondió mi hermano.
            -Pues el jueves estaré aquí. George, ¿puedo traer a mi madre también? Estoy segura de que querrá ver a Bethanie. No la ve desde navidades.
            -Por supuesto. Puede dormir en la casita. Yo dormiré en el sofá cama.
            -Entonces vale. Le gustará mucho venir. Los colegas que vendrán conmigo son Richard y Rasta.
            -¿Por qué le llaman Rasta?-pregunté, extrañada.
            -Pues porque fue el primer chico de allí que tuvo rastas, pero se las cortó y ahora tiene el pelo normal. Se le quedó ese mote por eso. ¿A qué mola, eh?
            -Sí, mucho-respondí.
            -Bueno, Margaret. El roast-beef estaba buenísimo, y los pastelitos también. Los emparedados eran una delicia, pero debo de irme. Nunca olvidaré lo bien que se le da la cocina alemana.
            -Mi marido era alemán, Alex. Yo simplemente tuve que aprender a cocinar para no defraudarle.
            -Pues gracias por la cena, pero debo de irme-miró el reloj. Puso una cara de asombro-¡Oh, dios mío! Ya son las diez y cuarto. Iré marchando si no quiero llegar a las doce. Natalie es muy dada a preocuparse si no llego a casa a la hora.
            Mi padre se rió, antes de decir:
            -Pareces un adolescente.
            -Casi-admitió, riéndose.
            Hayley también se levantó, pues supuse que ya se le estaba haciendo bastante tarde. Tenía una hija de dos años, poseedora de un pelo rubio rizado precioso y ojos claros. En conjunto, resultaba guapísima y adorable. Estaba delgadita y me encantaba hacer de niñera con ella cuando estaba de vacaciones. Jugábamos a las muñecas, y su favorita era la Barbie.
            -Y yo también tengo que irme-dijo Hayley, tal y cómo yo había predicho-Bianca debe de estar echándome de menos. La compañía de su padre no debe de ser suficiente para ella-bromeó.
            -Lo cierto es que yo también me voy a mi cuarto-me despedí. Todos miraron para mí-Hoy ha sido un día muy cansado para mí. Demasiadas sorpresas en cinco horas-admití con sarcasmo, esta vez muy notable.
            -De acuerdo. Buenas noches, hija-se despidieron Margaret y George al unísono.
            -Igualmente-les deseé, en un intento de ser educada.
            -Hasta la semana que viene, Bethanie-me dijo Alex, despidiéndose de mí con un abrazo de los suyos, esos tan únicos. Se lo devolví de buena gana.
            -Adiós, Hayley-le dije cuando Alex me liberó de su abrazo.
            -Hasta luego, Bethanie.
            Y fue entonces cuando abandoné el comedor y desaparecí corriendo por el marco de la puerta. Subí las escaleras apresuradamente, rumbo a mi habitación. Caminé rápidamente por el largo pasillo, entré en mi habitación y directamente me tumbé en la cama, por primera vez en varias semanas.
            Demasiadas sorpresas en un solo día; el cambio de actitud de mi padre, de mi abuela… pero sobretodo la aparición de Cedric Bradbury. Me metí en la cama y me dispuse a descansar, a dormir de seguido por fin. 

Capitulo 2: Cambios

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Bethanie:
No sé qué te pasa últimamente. ¿Por qué no contestas mis e-mails? ¿No ves que estoy preocupado? No te veo desde hace mucho, y no sé si estás viva o muerta. Por favor, respóndeme.
Drake
            Ese era el cuarto correo que me había mandado Drake en el transcurrir de esta semana. Miércoles, siete e-mails. Estaba batiendo su record personal. Le di a copiar y pegué el archivo en una carpeta que ponía Drake. Aún no me sentía preparada para contestarle. Examiné otro correo, también del miércoles. Aún me faltaban por mirar los del jueves y los del viernes, asique ya tenía el entretenimiento asegurado. Todos empezaban con lo mismo.
            Bethanie:
            No creo que te resulte tan difícil contestarme. Un simple hola me basta, solo quiero saber si estás bien. Me tienes realmente preocupado. Te ruego que me contestes.
Tu amigo, Drake
            ¿Amigos? ¿Qué clase de amigos éramos? El chico hace todo bien, es perfecto y siempre se preocupa por su amiga. Le manda e-mails hasta el cansancio y qué hace ella. No se los responde. Está encerrada en casa, y ni siquiera se lo cuenta a su amigo para que lo ayude. ¿Qué clase de persona era?
            Noté como los ojos se me llenaban de lágrimas. Cerré el e-mail, vi otro. Este era mucho más largo. Casi me contaba su vida. Lo abrí.
            Bethanie:
            Ojalá te dieras cuenta de lo preocupado que estoy por ti, pero sé que te estoy exigiendo demasiado. Por favor, no seas egoísta. Sin ti no hay ni diversión… sin ti mi vida no tiene chispa. Por favor, entiéndelo. Necesito saber dónde y cómo estás. Tal vez te hallas ido de Shadows, o quizás estés en Darkshire… o en algún sitio que ni siquiera conozco pero solo necesito una respuesta tuya para dejarte en paz. Te quiero muchísimo, preciosa. Por favor, no me falles y respóndeme.
Tu siempre amigo, Drake
            ¿Cómo podía ser tan idiota? Me decía que me quería continuamente, quería saber cosas de mí. Le estaba fallando, le estaba haciendo mucho daño y no quería. ¿Acaso era esta la amistad incondicional que le había prometido? Ni siquiera se acercaba. No pude seguir leyendo e-mails. Me odiaba a mí misma. Pero aunque quisiera, no le podía responder. No estaba preparada.
            Había tantas cosas que tenía que leer… la carta de mi madre, los otros correos de Drake, la prensa algún día…
            Comparé mi vida y esta situación con el futbol. En un partido importante, donde sabes que te juegas una copa o el pase a la final, das lo mejor de ti mismo, que siempre es mucho, pero lo que no puedas aportar lo completan los otros diez. Ves como el equipo contrario disputa ese partido con intenciones de ganar y tiene una estrategia casi infalible para intimidar a los del equipo contrario. Entonces, tu equipo juega mejor o peor, pero sigue guardando un pedacito de esa intención para cuando acabe el partido, que es cuando definitivamente puedes celebrar o llorar. Si gana tu equipo cuatro a cero y dos de los goles los metiste tú, no solo ganaste un partido si no que también un poquito de esa intención para el siguiente. Esa intención que reservas para el final se suma a la que obtienes cuando tu equipo gana un partido mayoritariamente gracias a tu acción sobre la portería.
            En este torneo, yo estaba completamente sola. Mi padre me tenía encerrada por razones… que no conocía. Eran cosas muy raras. Gracias a ellas, no podía contestar a Drake, porque mi padre minó mi confianza al máximo.
            Empecé a psicoanalizarme. ¿Cómo me sentía? Pues creía que era un árbol torcido plantado en el medio de un desierto, que no tenía palo en el que apoyarse porque todos estaban pillados.
En realidad, ni siquiera me consideraba una chica guapa o imprescindible para la humanidad, por lo que el mundo no se perdía mucho estando yo encerrada aquí. Mis ojos eran marrones claros, aunque últimamente se me habían aclarado; eran más verdes oscuros que otra cosa. No me gustaban demasiado, eran un poco rasgados. Uno de los parecidos que tenía con mi padre, la forma de los ojos. Pero las pestañas las teníamos largas, tanto las de arriba como las de abajo. Solo que a mí se me notaba más la aureola negra que rodeaba el iris.  En cuanto al color… no. Él los tenía azules.
En realidad, me parecía mucho a él. Teníamos la misma cara ancha y mofletuda, aunque yo tuviera una silueta normal. Pesaba cuarenta y nueve kilos y medía uno sesenta y seis. Además de la forma de la cara, teníamos unos labios carnosos y medio gruesos. Nuestras narices eran rectas y sin ningún tipo de bulto, ligeramente respingonas, pero la de él era mucho más que la mía. Mi nariz era pequeñita y recta, tan solo eso. La otra característica casi ni se notaba.
Mi pelo era un caso aparte. Tenía un color castaño entre medio y oscuro y me caía por los hombros abajo. Había unas finas mechas negras que iban desde la raíz de mi pelo hasta las puntas. La gente me llamaba morena de vez en cuando, pero solo cuando necesitaban dirigirse a mí sin saber cómo me llamaba. No era justo. Yo de pequeña era rubia de verdad, sin necesitar ningún tipo de tinte. No era liso exactamente, simplemente se me encrespaba con la humedad. Si no lo secaba con el secador, se me quedaba ondulado con algunos tirabuzones.
Notaba como la vida pasaba por delante de mí, desarrollándose con plena actividad mientras me ahogaba en mi propia soledad. Pasaban cosas, las estaciones, las personas se alejaban, la imaginación se apagaba… y mi corazón latía con un ritmo más débil conforme pasaban los días.
Me pasaba siempre en la misma posición, tumbada en el alfeizar de la ventana, de mi ventana. El paisaje que se podía observar desde ella me lo sabía de memoria. Un bosque enfrente de mi casa, que casi siempre estaba nevado, y una carretera recién alquitranada. La acera era de alquitrán; tenía cuadraditos y un color oscuro. Por la impresión, casi se podía adivinar que no era suave al tacto.
Mi vida era completamente una basura, no sabía para que… servía. Me sentía desgraciada por haber nacido y mis motivos para seguir viviendo no llegaban ni a cinco. Esto era como cuando en una película de terror todos los protagonistas están atormentados porque saben que van a morir. Pero al menos algunos de ellos mueren rápidamente y apenas lo sienten. Otros mueren lentamente y desean la muerte con toda su alma para no seguir sufriendo. Pero al menos ellos saben lo que va a pasar con sus vidas. Yo no sabía si iba a continuar en este estado de ausencia espiritual o si me iba a morir de tristeza.
Otras personas se iban a la cama a descansar cuando se encontraban en este tipo de situaciones, yo no. Llevaba varias noches sin dormir, no podía hacerlo de seguido.
Los primeros días fueron tormentosos. Cuando me iba a la cama por la noche y lograba conciliar el sueño por unas horas, me intentaba auto convencer de que esto era un mal sueño que iba a terminar dentro de unos minutos. Cuando cerraba los ojos tenía pesadillas que me impedían dormir, pero extrañamente seguía durmiendo y sufriendo. Al día siguiente, cuando me despertaba, creía que ya me había despertado de esta pesadilla y que todo era como antes, que mi madre estaba viva y que iba a poder abrazarme a ella. Pero duraba tan poco.
Los días eran eternamente malditos, desde que me levantaba en medio de la noche por una pesadilla hasta que me acostaba para volver a sufrir. Me sentía como si fuera una marioneta cuyo cuerpo no está conectado a la cabeza y se mueve por sí solo. Pasaban los días, y el dolor era cada vez más profundo. Lloraba más cada día y cada noche, me sentía más desgraciada y tenía más pesadillas. Al fin y al cabo… ¿Por qué todo era tan difícil? Cuando el mundo estaba contra mí, todo se ponía de parte del mundo. Pero cuando yo estaba contra el mundo, nadie se ponía de mi parte.
Con esto, me había dado cuenta de la terrible verdad. Ser feliz es un complejo, un falso invento. Solo puedes serlo por momentos. Es como las decepciones que se sufren por una causa u otra a lo largo de la vida. Mi primera decepción fue Santa Klaus. Desde entonces, fueron viniendo unas detrás de otras. Cuando eres pequeño, te llenan la cabeza de hermosas pero falsas expectativas que van cayendo decepción tras decepción. Te das cuenta de que tu mente está formada por pequeñas mentiras que han creado tu manera de pensar, e intentas darte cuenta de cómo has caído en esas redes.
La familia está ahí siempre, pues es lo único que no te va a fallar: tus seres queridos. Todos esos individuos que dicen ser tus amigos… ¿crees que darían la vida por ti? ¿Crees que no te delatarían para irse de rositas? Yo ahora no confiaba en nadie, me había vuelto en una chica llena de inseguridades.
Pero… ¿qué puedes hacer cuando tu familia está contra ti? ¿Luchas contra ella, o simplemente te rindes y dejas que te traten como un juguete? Por eso no me atrevía a enfrentar a mi padre o a mi abuela. Porque ellos tenían cogida la sartén por el mango.
Los meses pasaban, cada vez le tenía más miedo a la cordura y anhelaba que todo volviera a ser como antes... Y este acontecimiento había sido la mayor decepción de mi vida. De mí desgraciada existencia. Pero en algún sitio de mi interior había un pedacito de esperanza que se apagaba cada día más, pero gracias a ella podía seguir viviendo. Aunque fuera por poco tiempo.
Eso era lo que pensaba los primeros días. Luego, simplemente, dejé que el dolor me comiera, apoderándose de mí. No pensaba demasiado en mi encierro, sino en aquellas cosas que me hacían la vida lo más llevadera posible.
No salía de mi habitación para nada, únicamente para ir a mi baño, que estaba comunicado con mi cuarto a través de una puerta. Supuse que estaba encerrada con llave, ya que Margaret me subía la comida y se volvía a ir.
Un extraño sonido me atravesó el oído. Giré mi cabeza hacia la puerta. ¿Habían picado? Sí, alguien lo había hecho. Fruncí el ceño, extrañada. La persona que estaba al otro lado abrió la puerta, y pude verla. Era Margaret, mi… mi abuela. A la que le importaba un comino.
            Propició una sonrisa de oreja a oreja. No se la devolví. Yo seguía sentada en mí alfeizar, sujetando las piernas con los brazos. Me extrañó tanto su visita que estudié las posibilidades para salir de allí. Me lanzaría desde un segundo piso. Sacudí la cabeza disimuladamente, desterrando esa idea de mi mente.
            En ese momento me sentí extraña, como si me hubieran pegado una patada en las costillas. Alcé las cejas al formular esa comparación. Pero esta sensación era la más normal que había sentido después de varios meses.
            -¿Quieres venir abajo conmigo?-me preguntó con voz maternal. Luego volvió a sonreír-Te he preparado una apetitosa merienda.
            Le miré con cautela, formulando una pregunta con los ojos. Ella avanzó un paso. Yo no me moví.
            -Vamos-me animó-Sé que hemos estado separadas, pero podemos intentar comportarnos como una nieta y una abuela normales. Por favor, acompáñame.
            Me levanté. Su sonrisa se ensanchó, y se volvió aún más tierna. Estiró la mano para que se la cogiera, pero no lo hice, si no que la metí en el bolso. Pareció dolida, pero no le di importancia. ¿Qué por qué era tan parca con ella? Porque todo lo malo se pega, y yo le estaba dando una cucharada de su propio chocolate.
            Vi por primera vez en varios meses mi casa. Era tan linda… El techo era una cúpula de cristal que había encargado mi padre, igual a la del Titanic. Las escaleras eran de madera clara, y el pasamanos un poco más oscuro; la escalera se habría en dos para bajar al vestíbulo.
            Margaret bajó delante de mí, pues tenía miedo que en un intento de confianza mía me empujara para caerme por las escaleras. Estaré mal de la cabeza por pensar así de mi abuela, pero… ¿qué podías esperar de alguien que te ha encerrado durante dos meses porque cree que eres la culpable de la muerte de tu madre? ¿Cómo iba a esperar algo bueno de ella? Pues no. No podía confiar en Margaret, ni en George tampoco.
            -¿Y Danielle y James?-me atreví a preguntar cuando ya estábamos abajo.
            -En sus habitaciones. No han querido bajar conmigo-musitó casi para sí con crispación, pero luego relajó la cara cuando miró para mí.
            ¿Esto era optativo? Estudié las posibilidades para salir corriendo, como antes. No eran muchas. Me acabaría alcanzando. En cuestión de velocidad, aunque parezca mentira, era mucho más rápida que yo. No aparentaba los sesenta y cuatro años, en realidad podía dar el pego por una de cuarenta y pico o cincuenta. Sus arrugas no eran muy pronunciadas.
            Pero… ¿Qué estaba fallando aquí? Cualquier chica, o joven o niña o lo que sea, se alegraba de estar con su abuela. Sí, aquella que le hacía dulces, como bizcochos o galletas, le peinaba y le daba dinero cuando sus padres no querían darle la paga. Era como una cómplice, alguien que salvo en situaciones extremas nunca te fallaba. ¿Por qué yo no podía tener ese mismo derecho con mi abuela paterna?
            Vale, solo me tenía que conformar con Natalie, mi abuela materna. Ella sí que era lo máximo. Me llamaba todos los días para preguntarme como estaba, me enviaba dinero cada semana, me escribía palabras alentadoras en cartas que olían a fresa… Y me enviaba galletas de chocolate de vez en cuando.
            Me condujo hasta la cocina. La extrañaba. Las paredes eran de azulejo blanco brillante, el suelo gris y todos los electrodomésticos plateados. Tenía una isla por el medio, donde había una pequeña parte para comer y la otra donde estaba la vitro cerámica. Me invitó a sentarme en uno de los taburetes de la isla. Me senté, de nuevo con cautela. Así era como me tenía que comportar con ella. La observé con extrañeza mientras se volteaba para coger varias cosas que tenía en la lacena de mármol. Vi una taza. ¿Me estaría echando veneno?
            Rápidamente se dio la vuelta. Me estaba trayendo una taza de chocolate blanca y pequeña con un plato de tostadas con mermelada (creo que de fresa). Posó la comida delante de mí, con las manos temblorosas. Se sentó enfrente de donde yo estaba sentada, y de nuevo, me volvió a sonreír.
            -Venga, come. Sé que te estás muriendo de ganas-adivinó. Pues sí, tenía un hambre voraz, pero desconfiaba tanto de ella que estaba a punto de pedirle que la probara primero para ver si no se moría.
            -¿Por qué haces esto?-le pregunté, alejando a regañadientes, pero con mano firme, el plato y la taza.
            -¿Es así como me lo agradeces?-inquirió molesta. Fruncí el ceño y le dediqué una mirada excéntrica.
            -Yo no te lo tengo por qué agradecer. No te lo he pedido-le espeté con rudeza.
            -Ya lo sé cielo, pero ¿no ves lo delgadita que estás? Tienes que comer. Es una orden-me exigió con el rostro grave.
            -¿Sería mucho pedir que lo probaras tu primero?-la vacilé. El susto cruzó su rostro de arriba abajo. Me dieron ganas de reír, pero me contuve.
            -Esa broma no ha tenido ninguna gracia-me regañó con enfado.
            -¿A caso he dicho que era una broma?-pregunté plantándole cara.
            -¿Por qué me haces esto, si yo no te hecho nada?-inquirió con fastidio.
            -¿Qué no me has hecho nada? Mejor vamos a dejar las cosas así, ¿vale? Quiero volver a mi cuarto. Se me ha quitado el apetito.
            Me levanté tan rápido como pude y salí de allí. No toleraba a Margaret, era una de estas personas que me daba asco solo con verla. Subí las escaleras tan rápido como pude, me metí en mi habitación. ¿Pero por qué me hacía eso? Yo le importaba, claramente hablando, una mierda. Si me moría, ella no iría ni a mi entierro. Y si iba, estoy segura de que bailaría sobre mi tumba, aunque no sería la única persona que lo hiciera.
            Cerré la puerta y me puse en mi sitio de siempre, en el alféizar de la ventana. Me sentía como si me estuviera mudando. Cuando te vas a un sitio en el que aún nadie te ha visto… todo es maravilloso. Puedes empezar siendo como tú quieres ser, ya que nadie te conoce. Nadie te formulará esas preguntas de ¿Quieres parecerte a alguien? o ¿Qué te ha motivado para cambiar tanto? Odiaba que me hicieran esas preguntas. Cerré los ojos y sacudí la cabeza.
            Cuando me encerraron, aún no concebía que estuviera en esa situación. Simplemente lo acepte sin más después de varios días de reflexión. George y Margaret creían que esa sería la solución; encerrarme para no hacerle daño a nadie más.
Maldecía a todo el mundo, incluso a… ¿Por qué diablos me pasaba esto? ¿Acaso era porque no iba a la iglesia? Desterré esa idea de mi mente. Dios no podía castigar a las personas que no creían en él. En realidad, yo sí que creía en que hubiera alguna persona ahí arriba. La prueba era que ahora mismo estuviera existiendo.
 Fue hace cinco años, cuando estuve a punto de morir en el río. Cerca de la casa de mis abuelos maternos, había un bosque lleno de vegetación que llevaba a un paraje precioso, por el que pasaba un río. Un día, cuando tenía doce años, bajé allí para jugar. Como la bajada hacia el agua era toda de rocas, me senté sobre la hierba, pero no sabía que el prado estaba húmedo, por lo que resbalé y me caí dando vueltas hacia el agua. Estuve a punto de ahogarme, pero alguien me salvó. No recuerdo quién, ni siquiera lo supe definir con claridad la misma noche de ese día. Lo único que sé es que era un chico, por la voz con la que me habló cuando me salvó. La cuestión es que estoy viva gracias a él.
Yo no creía en la iglesia, en eso ni hablar. Había dejado de creer hace dos años, cuando estudié las indulgencias del Papa y la revelación de Martin Lutero. A partir de ahí, perdí mi fe en la comunidad religiosa. Qué triste ¿verdad? Pensar que un simple libro de historia pudo hacer que cambiara de parecer. Cerré los ojos en ese momento. Yo creía en el destino y seguía el teorema principal del calvinismo; las personas están salvadas o condenadas al nacer, independientemente de las obras que hagan. Aquello era cierto, por lo menos para mí. Puede que mucha gente de la iglesia católica me quisiera matar por eso, pero cada persona tiene derecho a pensar lo que quiera. Shadows, Darkshire, Mouthway… eran ciudades en las que reinaba la democracia.
La gente de por aquí tenía pocas aspiraciones, eso ya me había quedado claro desde que tengo uso de razón, pero las suficientes para no cambiar Shadows por otro pueblo aún más pequeño. Tenía algo más de siete mil habitantes, lo que le convertían en una aldea de porquería, en donde todo el mundo te conocía. No puedes hacer algo sin que no lo comente la gente en un pueblito así; pueblo pequeño, infierno grande. Si no, que se lo preguntaran a Nicole y a las suyas, que hacían todo lo posible para mantener el refrán.
No era la primera vez que me sentía capaz de cambiar Shadows por un rancho en medio de la montaña. Estaría completamente sola, criando caballos y yendo a cabalgar por ahí, pero por lo menos mí vida no sería tan desgraciada. Más vale estar solo que mal acompañado. Esa era otra forma de vida que me habían enseñado Nicole y las suyas.
            Mi padre era la persona en la que menos podía confiar. Hoy era uno de los pocos días libres de George, sabía perfectamente que su trabajo le sometía a un estrés impresionante. No conocía algunos negocios de mi padre. Era jefe de su propia oficina, tenía acciones en muchas empresas importantes del país y ganaba más dinero que un narco colombiano. Confiaba en la legalidad de sus transacciones, pero no estaba muy segura de mis ideas respecto a las permutas que manejaba.
            Era confusa la imagen que transmitía, el era una de las incógnitas de esta ciudad. Se le veía como un hombre poderoso, seguro de sí mismo y con muy buena visión de futuro. Habría que añadir que también parecía un hombre simpático, pero también al que le encanta el cumplimiento de las normas. Yo a mi padre le tenía miedo y respeto, pero a veces… ese miedo y ese respeto pueden juntarse y provocar lo que se llama terror.
Antes de morir mi madre, George nos trataba de maravilla. Todo lo que le pedíamos nos lo concedía. Al principio puede resultar agradable ¿Qué haces cuando tienes mucho dinero y tres hijos adolescentes? Invertirlo en ellos. Pero al cabo de un tiempo, puede resultar incluso agobiante. Que no puedas decir que te gusta una cosa cuando la ves, porque sabes que al día siguiente la tendrás. Me gustaba que me dieran un regalo de vez en cuando, pero no todos los días. Mi padre ya me hacía muchos regalos con sus piropos, diciendo que era perfecta y que nadie me llegaba a la suela de los zapatos. Odiaba que me estuvieran diciendo eso todo el día, como si fuera la mejor y jamás hubiera cometido ningún error.
            Pero nada de eso me estaba ayudando ahora. George Burton me tenía encerrada en casa porque creía que Azora había muerto por culpa. Me había costado mucho creerlo. ¿Cómo iba a provocar la muerte de mi madre? ¡La extrañaba más que a nada en el mundo! Y estoy segura de que Natalie también, y Danielle, y James… aunque no fuera su madre. Fue la esposa de George que más tiempo duró con él ¡Diecinueve años!
            Miré de nuevo al bosque que había enfrente de casa, aquel que todos los días conseguía captar mi atención. No estaba nevado. Estábamos en Junio. Pero tampoco hacía sol, por lo que no conseguía que me sintiera feliz. Dos de Diciembre. Seis meses muerta. Seis meses encerrada.
            De nuevo, alguien llamó a mi puerta. Me extrañé, era imposible que estuviera recibiendo tantas visitas el día de hoy. A no ser que fuera mi abuela de nuevo, que vaya pesada. No quería estar con ella, ni siquiera deseaba verla; solo una palabra suya sería suficiente para envenenarme la cabeza.
            Pero no era mi abuela quién se encontraba detrás de la puerta. Era la persona más inesperada: George. Miré para abajo, fijamente al alféizar. Sacudí la cabeza de nuevo y suspiré.
            -¿Quieres ir a dar un paseo?-me preguntó desde la puerta con voz inexpresiva.
            -¿Sola o acompañada?-me aseguré sin mirarle a la cara. Era demasiado cobarde.
            -Como quieras-me prometió.
            -Pues prefiero ir sola, gracias-le dije mientras me levantaba y salía por la puerta, pasando a su lado. ¿Cómo es que aún no había visto a Danielle y a James? ¿Dónde estaban? No tenía ganas de volver a formular la pregunta. Seguramente me respondería igual que Margaret.
            Noté un cambio descomunal en el tiempo. Hacía bastante calor, que aunque estuviéramos en Junio, no estaba acostumbrada a tanto. A parte, era extraño y pegajoso, propiciaba como picores en la piel. Resistí las ganas.
            ¿Por qué mi padre me había dejado salir de casa después de todo este tiempo? ¿Por qué mi abuela me había invitado a merendar con ella? ¡Por qué! Estaba acostumbrada a un trato bastante peor.
            Llegué hasta a la acera, me encontré de frente con el bosque y giré a la derecha. El paisaje era tan diferente… todo había cambiado. Mi padre, mi abuela, Shadows… incluso yo.