Capitulo 11: El fin de la inocencia

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Estaba nerviosa. Tenía que reconocerlo, como si esta fuera la primera vez que nos íbamos a reunir. Pero en esta ocasión era extremadamente distinto. Era por la noche, en su casa. Puede que sonara como una niña de papá inocente, pero… ¿por qué me habría citado allí? ¿Para estar tranquilos? “Qué le voy a decir” volví a preguntarme.
            Mi atuendo era natural y sencillo, como a él le gustaba. Mis vaqueros de siempre, que le encantaban y una camiseta de algodón azul cielo. Para ir a su casa, lo mejor eran las deportivas, por lo que me puse las de cordones de siempre.
            Antes, cuando volví a dormir, soñé. Estaba en el instituto. Me había encerrado en uno de los baños. Tuve la impresión desde un principio de que estaba alguien más, pero supongo que sería otra chica haciendo sus necesidades. Me senté encima de la tapa del retrete acurrucada. Enseguida me di cuenta de que la otra chica ya salía del baño.
            Una lágrima me salió del ojo derecho sin querer… sentí cómo el corazón me subía hasta colocarse en mi garganta. Notaba cómo todo el cuerpo me temblaba. La cosa era… ¿había algo peor que eso?
            Empecé a recordar los momentos de mi vida más cercanos a la muerte; aquella vez en el río, la tarde que murió mi madre, el día del entierro de mi madre, cuando volví a mostrarme ante el mundo… incluso cuando conocí a Cedric.
            Sentía que mi cuerpo empezaba a palpitar conforme a lo hacía mi corazón. Los latidos eran tan fuertes que casi me dolían. Observé los pies de la chica por debajo de la puerta; llevaba tacones, unos propios de una noche de fiesta. Vi como sus pies seguían quietos delante de la puerta del baño donde yo me encontraba. Qué extraño.
            Algo se le cayó al suelo, produjo un ruido. Me dio un susto terrible, no grité. No hasta ese momento. Me di cuenta de que era una botella de plástico que contenía un líquido inflamable. Y yo sabía lo que era. Alcohol. ¿Pero, por qué tenía eso? ¿Para qué lo necesitaba?
            Lo comprendí pocos minutos después, cuando tiró un mechero encendido, del cual salía una llama gigantesca. Esta llama se hizo más grande al ponerse en contacto con el suelo. El baño se empezaba a incendiar, y yo estaba dentro de uno. Dejé de ver los tacones de la chica por debajo de la puerta. Me encontraba sola en un baño a la hora del almuerzo, con todo el mundo en la cafetería.
            Intenté por todos los medios abrir la puerta del baño, dándole porrazos mientras me ponía de pie sobre la tapa del váter para que no me llegaran las llamas. Iba a morir. Empecé a toser, el humo me entraba por la garganta y no había manera de salir de allí, de esa ratonera que empezaba a incendiarse poco a poco.
            No sé por qué aún estaba consciente, de pie en aquella tapa del retrete, dándole portazos a la puerta para que abriera. Las llamas crecían cada vez más. En este momento ni siquiera me importaba quién me odiaba tanto como para acabar conmigo de esta manera tan cruel. No. En este momento quería saber por qué todavía no estaba muerta.
            Sentí cómo el fuego se apoderaba de mí, la situación empeoraba. Se me empezaron a cerrar los ojos. Esta vez sí que no había nadie que pudiera salvarme.
             Los ojos, hasta donde yo sé, solo parpadearon dos veces más. Antes grité, no sé por qué, pero lo hice.
            -¡Socorro!-bramé-¡Estoy atrapada! ¡Auxilio!
            Y me jugué todo gritando con todas mis fuerzas. Cerré los ojos para morirme de una vez por todas. Había muerto como la presa de un mundo de depredadores.
            Inconsciente, aguardé la muerte.    
-¿¡Bethanie!?-inquirió una voz masculina familiar preocupada. Si, era una muy familiar. La más bella que había en el mundo, la que reconocería entre millones. Esa.
Desperté en ese instante. Pero el sueño había sido tan vívido, tan real. Ni siquiera me dio tiempo a reaccionar, no pude decidir si había sido un sueño o una pesadilla.
Pulsé el timbre. La puerta de la casa era de madera antigua, con vidrieras en vivos colores formando dibujos. Vino de inmediato, me estaba esperando desde hacía rato. Había sido muy puntual. Eran las nueve en punto.
Al abrir la puerta, me sonrió. Pestañeé y le devolví la sonrisa. Su preciosa carita de bebé, su hermosa personalidad. Me dieron ganas de proferir una risa tonta e histérica, pero me contuve, mal pero lo hice.
Pasé dentro sin que me lo dijera, y cerró la puerta cuando lo hice. Me guió hacia el sofá, que era igual que uno normal, pero más cómodo que uno convencional. Y encima estar con él… sería perfecto. Se tumbó a la larga, apoyé la cabeza encima de su hombro. Estaba viendo la televisión, una película concretamente. Noté que no le prestaba atención cuando comenzó a hablarme.
-¿Qué querías decirme?-preguntó, curioso.
-Eh, sí…-intenté concentrarme- Sobre la cena de ayer, no me parece bien que provoques a mi abuela de ese modo. La pobre sufrió mucho por culpa de mi abuelo, Hitler y sus verdugos.
-Ella también me ha provocado a mí diciéndome que no te quería, y luego me inquietó con lo de los parecidos, sobre todo con tu padre...-bufó enfadado, como si me estuviera queriendo decir que no tenía toda la culpa.
-Quiere lo mejor para mí-la defendí-Me aprecia mucho-casi mentí.
-¿Alejándote de lo que más quieres? Extraña forma de querer…-farfulló-¿Acaso no soy lo que más quieres?
-Si lo eres, no lo dudes. Pero a veces… no estoy segura de ello-tuve que admitir.
-¿No te he demostrado que te quiero? Sería capaz de entregar mi propia vida para salvar la tuya, Bethanie. Incluso para que llegues a estar con personas como Drake Marsden o Cody Green.
-Drake ya forma parte de mi pasado... es algo muy complicado. Desde que te conozco, no le extraño nada. Y echo de menos no hacerlo, porque… para mí era como una forma de vida, Cedric. Vivir pensando en Drake todos esos meses en los que estuve encerrada me mantenía viva, razón por la cual me hice tan cobarde para no contestarle los e-mails que me mandaba.
-Y fue luego cuando se enfadó contigo, pero te pidió perdón antes de la fiesta…-dejó la frase sin concluir.
-Y en la misma me confesó que estaba enamorado de mí. Tomé esa noticia… bueno, tú te acuerdas. Siempre guardé su imagen como la de un hermano mayor, y empezar a verle con otros ojos de golpe pues me pareció… mal. Yo ya estaba enamorada de otra persona, aunque no lo sabía.
-¿No sabías que estabas enamorada de mí? ¿Entonces por qué me correspondiste cuando te besé?-preguntó extrañado.
-Pues porque me gustabas, pero esa era la primera vez que sentía algo así por un chico… soy una inculta, lo sé-intenté bromear. No se rió.
-No, no lo eres. Tú simplemente eres… tú. La gente no elige enamorarse, y tú no eres ninguna excepción. Tal vez si no hubiera aparecido en tu vida, pues acabarías siendo la esposa de Drake Marsden, y algún día… la madre de sus hijos… la abuela de sus nietos…-sollozó, triste.
-Nunca, en la vida. Como te he dicho, jamás podría ver a Drake con otros ojos porque es como mi hermano, y le quiero como tal.
-Ya, pero la amistad, la idea de verle todos los días… de la misma manera que él se enamoró de ti tu puedes hacerlo de él. Podrías enamorarte perdidamente si te lo propusieras.
-No quiero proponérmelo, estoy enamorada de ti. Te quiero y por mucho que quieras cambiarlo, no puedes.
-No quiero cambiarlo-discrepó.
-Pues parece que quieres librarte de mí para buscarte a otra…-musité en un murmullo sordo.
-Te equivocas, exactamente quiero hacer lo contrario. Me gustaría formalizar nuestra relación.
-¿Formalizar nuestra relación? ¿De qué manera?-pregunté extrañada.
-Pues de la única manera existente-explicó-Quiero que me asegures que me amas.
-Te lo juro-prometí sin pensarlo.
-No de esa manera. Se pueden decir muchas cosas, ahora que sean verdad…-dejó la frase sin concluir.
-Me estás diciendo que no te quiero-bufé enfadada.
-No.
-¿Tu a mi me quieres?-le cuestioné.
-Pues claro. Ya te hubiera dejado hace tiempo, sino. O simplemente, te hubiera dicho hasta luego después de la cena en tu casa. Pero no lo hice porque te quiero mucho, mucho.
-Pero no me amas…-mascullé.
-Para mí es lo mismo. “Amar” me parece una palabra muy cursi, en mi opinión. No creo que tenga mucho sentido explicarte por qué.
-Sé perfectamente que eres un poco tacaño a la hora de mostrar tus sentimientos. Pero dime, ¿cómo quieres que te jure que te quiero?
-¿Recuerdas lo que pasó la noche de la fiesta después del beso?-preguntó con recelo.
-No, para nada. Ni siquiera me acuerdo del beso. Solo sé que me aparté la primera vez que lo intentaste… y luego nada.
-Después de eso… es que no sé como decírtelo-noté como se ponía nervioso. Me reí.
-Vamos, dímelo y ya está-le insté.
-No lo tenía planeado, todo fue tan deprisa… Me diste la mano y me llevaste a tu habitación. Yo apenas concebía lo que estaba pasando. Tú tampoco por lo que veo. Me lanzaste encima de tu cama con violencia y luego te abalanzaste sobre mí. Empezaste a besarme conforme te desvestías. Creí que estabas haciendo algo precipitado, pero no te detuve. Estaba tan borracho... Odio esa noche a pesar de que fue la más guay de toda mi vida. No me gustó la forma en la que ocurrió todo.
-¿Qué pasó luego?-inquirí con voz temblorosa, mirándole a los ojos.
-Creo que ya te lo imaginas-admitió, avergonzado.
Intenté asimilarlo. Y no pude, porque lo comprendí. Ya no era virgen, y había pasado de no haberme besado con nadie a perder la virginidad en una noche. Comprendía su odio hacia ese acontecimiento. Yo también odiaba mi memoria de pedo.
-Aunque creo que guay no es la palabra correcta-se corrigió-Encajarían mejor los adjetivos maravillosa o intensa.
-Y tú no querías-adiviné, aún boquiabierta.
-Para nada. Me habría conformado solo con un beso tuyo. Pero tú, al parecer… bueno, digamos que… no estabas dispuesta a irte con tan poco-sonrió con malicia.
-Cállate-le ordené, devolviéndole la sonrisa-Y… me da un poco de vergüenza preguntarte esto, pero… ¿tomaste precauciones, verdad?-intenté asegurarme tímidamente.
-Como te dije, fue algo inesperado. No sabía que iba a ocurrir… pero dudo que estés embarazada, ya habrías notado los síntomas seguramente.
Recordé el leve mareo que tuve a los dos días de la fiesta por la noche, cuando quedé con él en aquel paraje. Sacudí la cabeza.
-¿Y bien? ¿Has notado alguna indisposición, ganas de vomitar…?-por un momento me pareció estar hablando con un médico.
-No-mentí. No quería que se preocupara innecesariamente. A propósito, ¿puedes ir al grano?-le urgí.
-Eh, sí. Como cualquier cosa puede ocurrir, me gustaría que te sacrificaras por mí e hicieras un compromiso conmigo.
-¿Qué clase de compromiso?-pregunté con recelo.
-A ver, no te asustes. No te digo que nos casemos ni nada de eso, en estos momentos a lo último que renunciaría sería a mi libertad por algo que no es seguro, pero… no sé, si estás embarazada me gustaría que te comprometieras conmigo a no estar con ninguna otra persona si es que lo nuestro no funciona.
-No te entiendo.
-A ver, si por un casual rompemos el día de mañana y resulta que estás embarazada, ambos tendríamos que comprometernos a no estar con nadie por el bien de nuestro hijo. Creo que me estoy expresando con claridad.
-Sí, pero como no es seguro que esté embarazada y no vamos a romper, me gustaría que dejaras el tema este del compromiso porque me enerva la sangre… ¿Podemos hablar de otra cosa?
-De lo que quieras-me prometió.
Volví a recostar la cabeza contra su hombro, nos urdimos en otra conversación más tranquila, sin sobresaltos. Por un lado, no podía dejar de pensar en mí. Puede que suene arrogante, pero no estaba pensando en qué me iba a poner mañana o de qué color me iba a pintar las uñas. No. Yo… quería saber con certeza si de verdad estaba embarazada.

Capitulo 10: Idioteces

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-¡Vamos, Ced!-oí nada más despertarme-Estará dormida ¡ningún humano cuerdo se despierta a estas horas en vacaciones!
            -¡Ella no es normal!-contestó la voz más bonita del mundo-Dentro de lo que cabe, me refiero.
            -¡Con este barullo vamos a despertar a toda la familia, retrasados!-exclamó otra voz masculina.
            -¡Creo que eso es lo que pretende Ced!-le respondió otra voz- ¿Así quieres ganarte el cariño de tus futuros suegros?- ¿cuántos eran? ¿Cinco, puede que seis?
            Por un momento me dieron ganas de salir hacia la ventana y gritarles: ¡Largaos! Pero no pude, no tenía suficiente voluntad. Seguí en la cama, escuchando sus voces.
            -Conocí ayer a mi suegro y a la abuela de mi chica, ¡créeme, Bethanie y yo somos igualitos en cuanto a orígenes!
            -¡Estás… eres idiota, chico! ¡Se te ha muerto alguna neurona, estoy seguro!
            Me reí.
            -¡Oye, creo que está dormida! ¡De lo contrario ya se habría asomado!
            -Tendría que verlo para probarlo…-farfulló Cedric entre dientes.
            Cedric estaba loco. Solo una persona como él podía provocar a una asesina en una cena familiar, presentarse en mi casa a esta hora y encima gritar de esa manera. Afortunadamente, mi padre estaba trabajando ya. Se le habían acabado las vacaciones, pero aún así me dedicaba más tiempo al que me tenía acostumbrada.
            Noté un ruido, como el sonido que producen piedras al colisionar contra un cristal. Fue entonces cuando tuve que levantarme, no quería que rompiera el cristal. Tenía un aspecto penoso: mi pijama estaba compuesto por un short muy mini rosa desteñido y una camiseta de manga corta de ACDC. Me eché hacia atrás el pelo y me asomé a la ventana con timidez. Ahí estaba él, como siempre. Igual que siempre.
            -¿Qué quieres?-pregunté, haciéndome la dura de nuevo.
            -Siento mi nefasto comportamiento, pero no podía evitarlo. ¡Me has obligado a compartir mesa con una judía!-me explicó. Enarqué una ceja-Pero no estoy aquí por eso… He venido para presentarte a mis amigos Chase, Nelson, Charlie, Lewis y William-dijo, señalando a cada uno mientras pronunciaba sus nombres.
            -Creo que tú y yo deberíamos de… tener una conversación a solas-musité poniéndome roja.
            -¿Qué te parece hoy en mi casa a las nueve? Teníamos pensado ir a la bolera pero supongo que no les importara que me raje ¿verdad chicos?-se aseguró.
            -¡Eso! ¡Puedes quedarte con Don Cedric!-me respondió el que debería de ser Charlie.
            -¡A Ced le encantas! ¡Nos lo ha dicho muchas veces, habla mucho de ti!-me confesó Nelson. Sonreí.
            -¿Te apuntas?-preguntó Cedric, dubitativo.
            -Supongo…-respondí, convencida.
            -¡Guay! En mi casa a las nueve, te estaré esperando. ¿Quieres venir con nosotros ahora?
            -Me parece que me voy a quedar… en… la… cama-dije hiperventilando
            -Como quieras ¡No faltes y sé puntual!-bromeó, como insinuando que Margaret podía ser la primera en oponerse a su plan. Puse los ojos en blanco y cerré la ventana, yendo de nuevo para la cama.
            Cedric era especial, muy especial. Me cansaba de decirlo en realidad, pero no podía parar de hacerlo. ¿Por qué narices Drake no podía ser así? De nuevo, cogí mi block, el bolígrafo de siempre y empecé a escribir.
            Drake ya no es importante para mí.  
            No lo extraño como antes, ni siquiera un poquito. Nada. Es como si Cedric hubiera sabido sustituir con creces a Drake. Le quiero, tengo que reconocerlo. Con él me siento segura, mucho más segura de lo que podría sentirme con Cedric. Puede que esté diciendo un disparate, pero es la verdad. No imagino a… no le veo defendiéndome, a Drake, en cambio, sí.
            Lo de Cedric fue muy apresurado. Lo conocí en el bosque; al principio me pareció alguien oportuno, para desahogarme de manera ligera y no demasiado confiada. Pero luego, cuando me lo volví a encontrar en Darkshire y estuvimos tomando algo en una cafetería como viejos amigos, comprendí que estaba sintiendo algo muy especial. Sobre todo después de que Drake me pidiera explicaciones. En ese momento, lo odié.
            En cambio, mi amigo era diferente. Había tenido una relación pausada con él, lenta y tranquila. No había sido tan de sopetón como Cedric. En cambio, lo que sentía por él era mucho más fuerte, imparable. Sentía que con él me iba poco a poco a la deriva, a la mierda. Pero irme con él a aquel lugar resultaba agradable, muy agradable. Incluso el infierno sería como el cielo si él estuviera conmigo.
            Volví a la cama con aire decidido. A saber qué me dirá por la noche, “a saber qué le diré” pensé. A veces era demasiado difícil sobrellevar una relación formada por dos personas libres, porque Cedric era responsable, tenía la cabeza en su sitio, pero no dejaba de ser un adolescente. Yo aún estaba empezando a vivir la vida, mi vida, después de varios meses sin poder sentir nada por la monotonía de los días.
            ¿Estaba Cedric haciendo una idiotez? ¿Estaba cometiéndola yo? ¡No sé nada! Después de conocer a sus amigos hace pocos minutos me había dado cuenta de que la vida de Cedric era muy diferente antes. Llevaba un ritmo más movido, fiestero. ¿Cómo podía estar ahora soportando mi forma de ser, mi manera de vivir?
            Necesité pocos minutos para volver a conciliar el sueño. Me adormilé pensando en Cedric. Tenía una preciosa cara de bebé y una sexy postura de adolescente alocado.
            -Te quiero-susurré antes de volver a dormir.
            Cerré los ojos. 

Capitulo 9: La cena, la verdad y el infierno

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Me fue bastante fácil convencer a Cedric para que viniera a cenar. Al fin y al cabo, él era… una persona a la que yo quería mucho y eso mi familia lo tenía que comprender. Si le conocían, nada importaba. Al menos conseguiría la aceptación de mi padre el medio alemán, mi abuela la asesina y mis hermanos James y Danielle. Me reí tanto ante esa comparación… mi abuela era una arpía, un monstruo. A mí eso me causaba risa. Era de las típicas ancianas que tienen pinta de no ser capaces ni de matar a una mosca.
            Porque era ella, Margaret Müller. A ella no le gustaba que le llamasen de ese modo. Para todo el mundo se apellidaba Burton, como mi padre. Toda mi vida era una mentira mal hecha, una parafernalia. O peor, incluso. Mentiras, asesinatos y cambios de identidad. ¿Cuántas muertes se había llevado la belleza de mi abuela por delante? ¿Así, sin más? ¿Por gusto?
            Margaret se había enamorado de un nazi en un campo de concentración al que luego mataron porque tenía sentimientos indebidos hacia ella. Adolf Hitler ordenaba a sus oficiales que tuvieran odio hacia los judíos, gitanos o cualquier otra raza que no fuera la de ellos. Solo tenía miedo a Mussolini o a Franco. ¿Qué hubiera pasado si Hitler se hubiera metido con los italianos o los españoles? Seguramente, en el caso de Franco, hubiera mandado a sus policías para que desaparecieran a Hitler misteriosamente. Y Mussolini pasaría de ser su aliado en la segunda guerra mundial a ser su enemigo número uno. Mi abuela tenía razón. Hitler no era tonto, nunca lo había sido.
            Faltaban solo treinta minutos para la llegada de Cedric. Solo esperaba que a mi abuela no se le ocurriera hablar de su pasado delante de él. Saldría corriendo tan rápido que ni siquiera me daría tiempo a verlo. ¿Por qué tenía una familia tan rara e incomprendida?
            Decidí que lo mejor sería ponerme la camiseta más decente que tenía y unos vaqueros; a Cedric le gustaba mi naturalidad. Esa era una de las cosas que más odiaba mi padre de mí. A la parte “buena” de Bethanie Burton no le importaba eso.
            <> me dije. Algo más que estúpida. Imbécil. ¿Qué pasaría si Margaret no aceptaba a Cedric y le hacía lo mismo que al resto de las esposas de mi padre? Ag. ¡Qué inoportuno era tener una abuela loca en estos momentos! Aunque bueno, ella no estaba loca pues todas sus maldades las había hecho conscientemente. En todo caso, el sobrenombre de mi abuela era asesina.
            Cogí una hoja y un bolígrafo como había hecho ayer y la semana pasada. La tinta con la que escribía era negra y el papel blanco. Empecé a escribir.
            Maldición.
            ¿Cuántos significados podía tener la frase “avergonzada de tu familia”? Para mí solo uno. Tenía tanto miedo de la cantidad de cosas que podían pasar en esa cena, de las que se podían hablar… Solo esperaba que Cedric no saliera corriendo despavorido, gritando que no quería volver a verme. No lo soportaría.
            Cuando llueve como ahora y te quedas mirando por la ventana, te das cuenta de la cantidad de cosas que pueden cambiar en apenas veinte minutos. Por la mañana no llovía, en cambio ahora lo hacía a lo bestia.
            Pero no solo el tiempo estaba revuelto. También yo.
            Por un lado me gustó saber la verdad sobre mi abuela, así empezaría a conocerla mejor y comprender todos sus actos. Pero por otro no, porque decidí que nunca iba a poder entender por qué no dejó a mi padre cometer sus propios errores y ahorrarse el trabajo de convertirse en una intimidadora-asesina.
            Cada día estoy más demente, lo sé.
            Esta vez dejé la hoja encima del escritorio. Faltaba menos para que llegara Cedric. Decidí que bajar abajo sería lo mejor. Tenía que supervisar que Margaret no ponía veneno en la comida para matar a Cedric. Obviamente, no me hubiera preocupado de la misma manera por Drake; es más, hubiera ayudado a mi abuela a la hora de echarlo. Demonios, ¿por qué pensaba de esa manera hacia Drake, mi querido Drake? Él lo había estropeado todo, y yo no podía hacer nada contra eso. Nadie podía.
            Abajo todo estaba calmado. Mi padre se encontraba esperando en la entrada y mi hermano viendo la televisión con gesto pensativo, mientras que Danielle correteaba de un lado a otro trayendo y llevando cosas al comedor.
            A veces intentas ser perfecto, otras veces te das cuenta de que es agotador intentar serlo. Te das cuenta de que tienes tres vidas: la que tienes, la que tu familia cree que tienes y la que los demás dicen que tienes. No todo es tan fácil como parece. Es como un videojuego de marcianos; si no los matas, aniquilan tu nave.
            En ese momento, sonó el timbre. Fui casi corriendo a abrir la puerta, pero me detuve antes de hacerlo. Respiré hondo y puse la mano en el picaporte. Casi me dio un pasmo.
            Iba tan él como siempre. Llevaba unos vaqueros negros, parecidos a los que llevó el sábado. Los combinó con un polo negro con rayas blancas. Su pelo iba engominado como siempre. Suspiré y le sonreí.
            -Has llegado puntual-me hice la dura. Delante de mi padre no podía comportarme de manera cariñosa con él.
            -Una cita es una cita-aclaró-Aparte, mañana conocerás a mis amigos y hoy yo solo tengo que conocer a tu familia.
            -Mi familia-escupí entre dientes-Aún puedes echarte atrás si quieres-le propuse.
            -Gracias pero no-refutó, sonriéndome. Intentó besarme, pero me aparté.
            -Aquí ni hablar-le dije, regañándole.
            Me cogió de la mano y avanzó hacia mi padre, que venía en camino para estrecharle la mano educadamente.
            -¡Hombre, Cedric! Estaba deseando conocerte. ¿Qué tal tus padres?-le dijo en tono entusiasmado, pero no demasiado.
            -Mis padres muy bien, señor Burton. El placer es mío, Bethanie ya conoce a mi familia.
            -Entonces vais en serio-especuló.
            -Supongo que sí-se revolvió el pelo con ese gesto tan particular para no despeinarse. Sonreí.
            -Pasemos al comedor ¡James, Danielle! ¡A cenar!-exclamó mi padre.
            Guié a Cedric hasta el comedor, mi padre nos siguió. Me senté en mi sitio de siempre, pero esta vez cambió un poco la planificación. Cedric se sentó a mi lado, obligando a Margaret a cambiarse de sitio. James adoptó su sitio de siempre y papá entre este y Danielle. Mi abuela comenzó a repartir la ensalada.
            -Bueno, Cedric. Cuéntanos algo sobre tu vida-le instó Margaret una vez que terminó.
            -Mmm…-musitó con gesto pensativo-Nací en Portland, pero nos mudamos a Darkshire cuando tenía dos años y hasta ahora he vivido allí. Me mudé porque mi padre quería extender su negocio.
            -¿Y es un negocio que ha creado él, o viene de familia?-quiso saber ella misma.
            -No, para nada. Mi abuelo paterno era notario y el de mi madre, aunque  no me haya contado muchas cosas sobre él, sé que era policía o algo así-respondió con total serenidad.
            -¿Ah, sí? ¿Y cómo se apellidaba? Tal vez lo conozca. Estuve muy metida en ese mundo-me dedicó una fugaz mirada que consiguió ponerme nerviosa. Me rasqué la cabeza y Cedric me observó con una mirada preocupada. Sonreí.
            -Tenía un apellido muy raro, no era inglés o estadounidense. Mi madre es rubia de ojos azules y la gente dice que se parece mucho a mi abuelo. No quiere hablar de mi abuelo, es como si le repugnara…
            -Entiendo. ¿Sabes? Te pareces mucho a una persona que conocí-musitó, mirándole fijamente. Me di cuenta de que Margaret quería acaparar toda su atención-Tus ojos no son iguales a los de él, ni tu tez y mucho menos tu pelo, pero… la expresión, la profundidad de tu mirada, la forma de los labios… creía que nunca me iba a volver a encontrar con nadie así.
            Se quedó como alucinado, y casi pude reconocer miedo en su mirada. Me recordó a mí cuando me enteré de la verdad sobre mi abuela.
            -Vaya, es una sorpresa-admitió desconcertado y sofocado al mismo tiempo.
            -No tiene por qué serlo-respondió en tono siniestro. Se produjo un gran silencio en la sala. Mi padre carraspeó.
            -Vamos, mamá. Estás asustando al chico-rompió el silencio con voz tranquila, riendo en voz baja con nerviosismo.
            -Es que es verdad-se defendió, propiciando una sonrisa que me asustó a mi también-Fíjate bien en sus ojos, George y compáralos con los tuyos. Estudia esa expresión animada y esa cara afilada. También la forma de los ojos, tan abiertos. Pueden embaucar a cualquier chica, estoy segura. ¿Has tenido más novias a parte de mi nieta?
            -Abuela, para ya…-bufé entre dientes.
            -No, Bethanie-negó Cedric con un poco de mosqueo-Con mucho gusto le responderé. Sí, he tenido dos más pero no he sentido nada parecido a lo que siento por Bethanie-mi abuela enarcó una ceja, como diciendo no me lo creo. Se apresuró a aclarar-Con ninguna de ellas.
            -Ya, eso dicen todos los hombres. Como cuando alguien empieza a fumar y dice que no le gusta o que lo va a dejar. ¿Y qué pasa? Que no puede vivir sin tabaco.
            -Señora Müller, con todos mis respetos pero usted a mí no me conoce-le aclaró, ya se podía notar el enfado y fastidio en su voz. Quedé alucinada ¿cómo sabía Cedric que mi abuela se apellidaba Müller, que ese era su apellido de casada? Margaret solo sonrió quedamente, sacudió la cabeza. Le dedicó una mirada envenenada, como si tuviera enfrente al peor de sus enemigos.
            -¡Ahora el chico nos ha salido imaginativo!-exclamó con sarcasmo-¿Quién te ha dicho que me apellidaba Müller? Yo me apellido Burton y punto.
            -¿Cree que no la he reconocido en cuanto la he visto? Ya cuando vi a su nieta me recordó a Herman Müller, su antiguo esposo-imitó a mi abuela en la manera de reírse. En su mirada podía distinguirse cinismo y dolor al mismo tiempo. Tenía los ojos llorosos-Usted fue la mujer que lo asesinó. Observé carteles con su foto por toda Alemania después de que usted cometiera el crimen.
            -¿De qué le conoces, Cedric?-pregunté asustada.
            -Él era el mejor amigo de mi abuelo, eran casi hermanos. Incluso me atrevería a jurar que eran primos lejanos, se parecían mucho.
            -¿Por qué no me lo contaste?-le recriminé.
            -Porque temía que tu abuela te prohibiera salir conmigo por tener parentesco con un alemán. Pero no la culpo, nosotros le arrebatamos a su familia-admitió en tono también siniestro, como si estuviera orgulloso.
            -¡Mira, niñato…!-comenzó a bramar Margaret con enfado.
            -Creo que deberíamos de tranquilizarnos ¿de acuerdo?-propusieron Danielle y James-Es lo mejor.
            -No me parece que usted quiera armar escándalos, ¿verdad Margaret?-le picó Cedric a mi abuela.
            -Para ya. Y tú, abuela, deja en paz a Cedric. Hagamos como si nada de esto hubiera pasado.
            -Vale, pero una pregunta más…-musitó mi abuela-¿entonces eres Cedric Bradbury Van der Weisen?
            -Me gusta Cedric Bradbury a secas, gracias. No me agrada mucho eso de ser alemán.
            -Entonces… ¿odiabas a tu abuelo?-preguntó James.
            -No lo llegué a conocer. Creo que se suicidó cuando perdieron la segunda guerra mundial o algo. Mi madre no quiere hablar del tema.
            -Es normal, todos los alemanes son escoria-musitó mi abuela como si tal cosa.
            Cedric sonrió, incomodo. Luego apretó los labios muy fuertemente, como si quisiera reprimir una carcajada sarcástica.
            -Entonces está llamando escoria a su hijo, con perdón señor Burton-se disculpó.
            -Deja de hacerte el listillo, ¿quieres?-respondió Margaret con tono mordaz.
            -Cambiemos de tema ¿vale?-propuse-¿Qué tal si hablamos sobre…? ¿Nuestros estudios?
            -Vaya cambio tan radical-intervino Danielle.
            Y ahí empezó una conversación más o menos tranquila, sin olvidar las coléricas miradas de mi abuela a Cedric y viceversa. No era una unión fácil, iba a volver a emparentarse con otro medio alemán. Pero a mí eso no me importaba. Quería a Cedric y a todo su mundo.