Capitulo 9: La cena, la verdad y el infierno

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Me fue bastante fácil convencer a Cedric para que viniera a cenar. Al fin y al cabo, él era… una persona a la que yo quería mucho y eso mi familia lo tenía que comprender. Si le conocían, nada importaba. Al menos conseguiría la aceptación de mi padre el medio alemán, mi abuela la asesina y mis hermanos James y Danielle. Me reí tanto ante esa comparación… mi abuela era una arpía, un monstruo. A mí eso me causaba risa. Era de las típicas ancianas que tienen pinta de no ser capaces ni de matar a una mosca.
            Porque era ella, Margaret Müller. A ella no le gustaba que le llamasen de ese modo. Para todo el mundo se apellidaba Burton, como mi padre. Toda mi vida era una mentira mal hecha, una parafernalia. O peor, incluso. Mentiras, asesinatos y cambios de identidad. ¿Cuántas muertes se había llevado la belleza de mi abuela por delante? ¿Así, sin más? ¿Por gusto?
            Margaret se había enamorado de un nazi en un campo de concentración al que luego mataron porque tenía sentimientos indebidos hacia ella. Adolf Hitler ordenaba a sus oficiales que tuvieran odio hacia los judíos, gitanos o cualquier otra raza que no fuera la de ellos. Solo tenía miedo a Mussolini o a Franco. ¿Qué hubiera pasado si Hitler se hubiera metido con los italianos o los españoles? Seguramente, en el caso de Franco, hubiera mandado a sus policías para que desaparecieran a Hitler misteriosamente. Y Mussolini pasaría de ser su aliado en la segunda guerra mundial a ser su enemigo número uno. Mi abuela tenía razón. Hitler no era tonto, nunca lo había sido.
            Faltaban solo treinta minutos para la llegada de Cedric. Solo esperaba que a mi abuela no se le ocurriera hablar de su pasado delante de él. Saldría corriendo tan rápido que ni siquiera me daría tiempo a verlo. ¿Por qué tenía una familia tan rara e incomprendida?
            Decidí que lo mejor sería ponerme la camiseta más decente que tenía y unos vaqueros; a Cedric le gustaba mi naturalidad. Esa era una de las cosas que más odiaba mi padre de mí. A la parte “buena” de Bethanie Burton no le importaba eso.
            <> me dije. Algo más que estúpida. Imbécil. ¿Qué pasaría si Margaret no aceptaba a Cedric y le hacía lo mismo que al resto de las esposas de mi padre? Ag. ¡Qué inoportuno era tener una abuela loca en estos momentos! Aunque bueno, ella no estaba loca pues todas sus maldades las había hecho conscientemente. En todo caso, el sobrenombre de mi abuela era asesina.
            Cogí una hoja y un bolígrafo como había hecho ayer y la semana pasada. La tinta con la que escribía era negra y el papel blanco. Empecé a escribir.
            Maldición.
            ¿Cuántos significados podía tener la frase “avergonzada de tu familia”? Para mí solo uno. Tenía tanto miedo de la cantidad de cosas que podían pasar en esa cena, de las que se podían hablar… Solo esperaba que Cedric no saliera corriendo despavorido, gritando que no quería volver a verme. No lo soportaría.
            Cuando llueve como ahora y te quedas mirando por la ventana, te das cuenta de la cantidad de cosas que pueden cambiar en apenas veinte minutos. Por la mañana no llovía, en cambio ahora lo hacía a lo bestia.
            Pero no solo el tiempo estaba revuelto. También yo.
            Por un lado me gustó saber la verdad sobre mi abuela, así empezaría a conocerla mejor y comprender todos sus actos. Pero por otro no, porque decidí que nunca iba a poder entender por qué no dejó a mi padre cometer sus propios errores y ahorrarse el trabajo de convertirse en una intimidadora-asesina.
            Cada día estoy más demente, lo sé.
            Esta vez dejé la hoja encima del escritorio. Faltaba menos para que llegara Cedric. Decidí que bajar abajo sería lo mejor. Tenía que supervisar que Margaret no ponía veneno en la comida para matar a Cedric. Obviamente, no me hubiera preocupado de la misma manera por Drake; es más, hubiera ayudado a mi abuela a la hora de echarlo. Demonios, ¿por qué pensaba de esa manera hacia Drake, mi querido Drake? Él lo había estropeado todo, y yo no podía hacer nada contra eso. Nadie podía.
            Abajo todo estaba calmado. Mi padre se encontraba esperando en la entrada y mi hermano viendo la televisión con gesto pensativo, mientras que Danielle correteaba de un lado a otro trayendo y llevando cosas al comedor.
            A veces intentas ser perfecto, otras veces te das cuenta de que es agotador intentar serlo. Te das cuenta de que tienes tres vidas: la que tienes, la que tu familia cree que tienes y la que los demás dicen que tienes. No todo es tan fácil como parece. Es como un videojuego de marcianos; si no los matas, aniquilan tu nave.
            En ese momento, sonó el timbre. Fui casi corriendo a abrir la puerta, pero me detuve antes de hacerlo. Respiré hondo y puse la mano en el picaporte. Casi me dio un pasmo.
            Iba tan él como siempre. Llevaba unos vaqueros negros, parecidos a los que llevó el sábado. Los combinó con un polo negro con rayas blancas. Su pelo iba engominado como siempre. Suspiré y le sonreí.
            -Has llegado puntual-me hice la dura. Delante de mi padre no podía comportarme de manera cariñosa con él.
            -Una cita es una cita-aclaró-Aparte, mañana conocerás a mis amigos y hoy yo solo tengo que conocer a tu familia.
            -Mi familia-escupí entre dientes-Aún puedes echarte atrás si quieres-le propuse.
            -Gracias pero no-refutó, sonriéndome. Intentó besarme, pero me aparté.
            -Aquí ni hablar-le dije, regañándole.
            Me cogió de la mano y avanzó hacia mi padre, que venía en camino para estrecharle la mano educadamente.
            -¡Hombre, Cedric! Estaba deseando conocerte. ¿Qué tal tus padres?-le dijo en tono entusiasmado, pero no demasiado.
            -Mis padres muy bien, señor Burton. El placer es mío, Bethanie ya conoce a mi familia.
            -Entonces vais en serio-especuló.
            -Supongo que sí-se revolvió el pelo con ese gesto tan particular para no despeinarse. Sonreí.
            -Pasemos al comedor ¡James, Danielle! ¡A cenar!-exclamó mi padre.
            Guié a Cedric hasta el comedor, mi padre nos siguió. Me senté en mi sitio de siempre, pero esta vez cambió un poco la planificación. Cedric se sentó a mi lado, obligando a Margaret a cambiarse de sitio. James adoptó su sitio de siempre y papá entre este y Danielle. Mi abuela comenzó a repartir la ensalada.
            -Bueno, Cedric. Cuéntanos algo sobre tu vida-le instó Margaret una vez que terminó.
            -Mmm…-musitó con gesto pensativo-Nací en Portland, pero nos mudamos a Darkshire cuando tenía dos años y hasta ahora he vivido allí. Me mudé porque mi padre quería extender su negocio.
            -¿Y es un negocio que ha creado él, o viene de familia?-quiso saber ella misma.
            -No, para nada. Mi abuelo paterno era notario y el de mi madre, aunque  no me haya contado muchas cosas sobre él, sé que era policía o algo así-respondió con total serenidad.
            -¿Ah, sí? ¿Y cómo se apellidaba? Tal vez lo conozca. Estuve muy metida en ese mundo-me dedicó una fugaz mirada que consiguió ponerme nerviosa. Me rasqué la cabeza y Cedric me observó con una mirada preocupada. Sonreí.
            -Tenía un apellido muy raro, no era inglés o estadounidense. Mi madre es rubia de ojos azules y la gente dice que se parece mucho a mi abuelo. No quiere hablar de mi abuelo, es como si le repugnara…
            -Entiendo. ¿Sabes? Te pareces mucho a una persona que conocí-musitó, mirándole fijamente. Me di cuenta de que Margaret quería acaparar toda su atención-Tus ojos no son iguales a los de él, ni tu tez y mucho menos tu pelo, pero… la expresión, la profundidad de tu mirada, la forma de los labios… creía que nunca me iba a volver a encontrar con nadie así.
            Se quedó como alucinado, y casi pude reconocer miedo en su mirada. Me recordó a mí cuando me enteré de la verdad sobre mi abuela.
            -Vaya, es una sorpresa-admitió desconcertado y sofocado al mismo tiempo.
            -No tiene por qué serlo-respondió en tono siniestro. Se produjo un gran silencio en la sala. Mi padre carraspeó.
            -Vamos, mamá. Estás asustando al chico-rompió el silencio con voz tranquila, riendo en voz baja con nerviosismo.
            -Es que es verdad-se defendió, propiciando una sonrisa que me asustó a mi también-Fíjate bien en sus ojos, George y compáralos con los tuyos. Estudia esa expresión animada y esa cara afilada. También la forma de los ojos, tan abiertos. Pueden embaucar a cualquier chica, estoy segura. ¿Has tenido más novias a parte de mi nieta?
            -Abuela, para ya…-bufé entre dientes.
            -No, Bethanie-negó Cedric con un poco de mosqueo-Con mucho gusto le responderé. Sí, he tenido dos más pero no he sentido nada parecido a lo que siento por Bethanie-mi abuela enarcó una ceja, como diciendo no me lo creo. Se apresuró a aclarar-Con ninguna de ellas.
            -Ya, eso dicen todos los hombres. Como cuando alguien empieza a fumar y dice que no le gusta o que lo va a dejar. ¿Y qué pasa? Que no puede vivir sin tabaco.
            -Señora Müller, con todos mis respetos pero usted a mí no me conoce-le aclaró, ya se podía notar el enfado y fastidio en su voz. Quedé alucinada ¿cómo sabía Cedric que mi abuela se apellidaba Müller, que ese era su apellido de casada? Margaret solo sonrió quedamente, sacudió la cabeza. Le dedicó una mirada envenenada, como si tuviera enfrente al peor de sus enemigos.
            -¡Ahora el chico nos ha salido imaginativo!-exclamó con sarcasmo-¿Quién te ha dicho que me apellidaba Müller? Yo me apellido Burton y punto.
            -¿Cree que no la he reconocido en cuanto la he visto? Ya cuando vi a su nieta me recordó a Herman Müller, su antiguo esposo-imitó a mi abuela en la manera de reírse. En su mirada podía distinguirse cinismo y dolor al mismo tiempo. Tenía los ojos llorosos-Usted fue la mujer que lo asesinó. Observé carteles con su foto por toda Alemania después de que usted cometiera el crimen.
            -¿De qué le conoces, Cedric?-pregunté asustada.
            -Él era el mejor amigo de mi abuelo, eran casi hermanos. Incluso me atrevería a jurar que eran primos lejanos, se parecían mucho.
            -¿Por qué no me lo contaste?-le recriminé.
            -Porque temía que tu abuela te prohibiera salir conmigo por tener parentesco con un alemán. Pero no la culpo, nosotros le arrebatamos a su familia-admitió en tono también siniestro, como si estuviera orgulloso.
            -¡Mira, niñato…!-comenzó a bramar Margaret con enfado.
            -Creo que deberíamos de tranquilizarnos ¿de acuerdo?-propusieron Danielle y James-Es lo mejor.
            -No me parece que usted quiera armar escándalos, ¿verdad Margaret?-le picó Cedric a mi abuela.
            -Para ya. Y tú, abuela, deja en paz a Cedric. Hagamos como si nada de esto hubiera pasado.
            -Vale, pero una pregunta más…-musitó mi abuela-¿entonces eres Cedric Bradbury Van der Weisen?
            -Me gusta Cedric Bradbury a secas, gracias. No me agrada mucho eso de ser alemán.
            -Entonces… ¿odiabas a tu abuelo?-preguntó James.
            -No lo llegué a conocer. Creo que se suicidó cuando perdieron la segunda guerra mundial o algo. Mi madre no quiere hablar del tema.
            -Es normal, todos los alemanes son escoria-musitó mi abuela como si tal cosa.
            Cedric sonrió, incomodo. Luego apretó los labios muy fuertemente, como si quisiera reprimir una carcajada sarcástica.
            -Entonces está llamando escoria a su hijo, con perdón señor Burton-se disculpó.
            -Deja de hacerte el listillo, ¿quieres?-respondió Margaret con tono mordaz.
            -Cambiemos de tema ¿vale?-propuse-¿Qué tal si hablamos sobre…? ¿Nuestros estudios?
            -Vaya cambio tan radical-intervino Danielle.
            Y ahí empezó una conversación más o menos tranquila, sin olvidar las coléricas miradas de mi abuela a Cedric y viceversa. No era una unión fácil, iba a volver a emparentarse con otro medio alemán. Pero a mí eso no me importaba. Quería a Cedric y a todo su mundo. 

Capitulo 8: Margaret

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Sentí que otra de mis fuertes cargas era mi abuela Margaret, saber qué le pasó. Si la comprendía, si ella me decía todo lo que le había pasado, era imposible que la pudiera juzgar tan rápido. Aunque el tema de su historia no fuera uno de sus favoritos, estaba segura de que me lo contaría. Necesitaba saber la verdad sobre ella, más que cualquier otra cosa.
            Después de seis largos meses sin sentir nada, comprendí que no se podía recuperar el tiempo perdido. Los errores del pasado siempre estarán ahí, pero no siempre tienen que quedar en nuestra memoria como traspiés. Cuando haces algo mal, por muy mal que lo hayas hecho, debes de intentar enmendarlo. No tenía ganas de morirme sin saber la verdad sobre mi familia.
            Con Margaret y George la había cagado en un principio, juzgándoles mal porque me encerraron sin piedad en una habitación. Pero no fui yo la única encerrada, Danielle y James también lo sufrieron. Pero… ¿por qué? ¿Acaso mi abuela lo sabía? ¿Mi padre? ¿Qué negocios manejaba mi padre? Pronto, muy pronto lo descubriría.
            Seguramente, mi abuela estaría en el salón, tocando el piano como ella sabía. No tenía ni idea de dónde había aprendido, ni cómo, ya que sabía perfectamente que Margaret vivió analfabeta hasta los trece años, no sé por qué. Y tampoco sé la razón que le impulsó para aprender a leer y escribir. Pero de hoy no pasaba. Iba a saber su pasado. Y puede que el mío también.
            El futuro estaba únicamente en mis manos. Recordé un nombre: Cedric. Hacía dos largos días que no le veía. Eso era como una eternidad para mí, y no sabía por qué. Supongo que era uno de los extras de estar enamorado. ¡Vamos! Tenía tantas preguntas sin contestar, tantas que me hacía yo a mi misma sin conocer la respuesta. Porque en realidad eso era lo que me pasaba ¿verdad? Buscaba respuestas en mí que jamás iban a aparecer.
            Al igual que hace varios días, cogí un bolígrafo con mano firme, una hoja de papel y me puse a escribir.
            Hoy sabré todo sobre mi recién llegada abuela Margaret.
            Estoy exhausta. Supongo que estoy dejando salir todo ese chorro de efusividad que estuve guardando todos estos meses. Esta es la mejor manera que tengo para desahogarme. Al menos tengo un plan de huída. No creo que fuera capaz de escribir un libro. Aunque algún día probaría a hacerlo.
            Lo que más me extraña de todo es que Cedric Bradbury no me haya llamado. ¿No se supone que soy como su novia, o algo así? Cuando le respondí a Lenny eso de más o menos, fue porque de esa manera podría evadir la cuestión. Lenny era mi amigo, el ex novio de una conocida mía que posiblemente se convertirá en mi amiga. No podía hacerle eso a Nicole, por muy enamorada que estuviera de Michael.
            Tampoco he sabido nada más de mi tío ni de mi abuela. En realidad, la palabra “abuela” ya raya un poco ¿no? A mí por lo menos. No sé distinguir. Por un lado está Natalie, mi abuela de toda la vida. Y por otro, Margaret. La recién llegada, la rara. La que no tenía pasado aparente, la que no tenía futuro seguro.
            Hoy iba a saberlo todo sobre ella. Poco a poco, mi familia dejaría de ser un misterio para mí.
            Guardé en unos portafolios, junto con la primera hoja arrugada, lo que había escrito. ¿Podría empezar a escribir un diario? Creo que no. Era una persona muy distraída, que se olvida de las cosas con facilidad. Pero no de las importantes, al menos lo intentaba. Salí de mi habitación dispuesta a ir a hablar con Margaret.
            El piano se oía desde el piso de arriba. Era una bonita melodía, creo que de Beethoven, pero tocada muy a la manera de Margaret. Sonreí abiertamente, bajando las escaleras. Seguí el sonido del piano hasta el salón.
            La sala era bastante amplia, y estaba separada mediante un pequeño tabique de una mini biblioteca. Me senté en el sillón blanco, enfrente del piano. Margaret paró de tocar y me observó con curiosidad.
            -¿Qué quieres, querida?-preguntó con dulzura.
            -Preguntarte algo-respondí.
            -¿El qué?-inquirió con recelo.
            -Cosas sobre tu pasado que no me cuadran. O, bueno, que no sé. ¿Podrías explicármelas?
            -Pregúntame lo que quieras saber.
            -Todo-contesté en un murmullo casi sordo.
            -Está bien… A ver, ¿por dónde empezamos?
            -Pues por el principio-añadí.
            -Yo era una niña feliz en mi tiempo, Bethanie. Mi madre me quería muchísimo, y mi padre estaba cada día más orgulloso de mí. Siempre fui bella, y lo sabía muy perfectamente. Gracias a mi belleza pude conseguir cosas que sin ella no hubiera podido conseguir. Mi madre era inglesa y mi padre medio judío. Pero eso no parecía importarnos hasta que nos mudamos a Berlín.
            >>Mi padre era médico y mi madre ama de casa. Nos cuidaba a mis hermanos y a mí sin poner ningún reparo. Supe poco después que ellos formaban el matrimonio más sólido de la historia. Nos enteramos que Adolf Hitler quería que los judíos nos trasladáramos a un lugar mejor, para tener condiciones de vida superiores. Qué cínico era.
            Paró por unos minutos, me pareció que estaba llorando. Pero no. Mi abuela no lloraba nunca. Simplemente estaba triste. Era una parte muy dura de su pasado.
            -Nos llevaron a un sitio muy extraño en un tren muy estrecho. Yo era pequeña, tenía diez años cuando pasó todo aquello. Íbamos más de cincuenta personas en cada vagón, apretados. Ni siquiera podíamos ir al baño a hacer nuestras necesidades porque lo teníamos prohibido. Era asqueroso. Me sentí escoria. ¿Por qué nos hacían esto? Pronto comprendí que no tenía nada que ver con todo esto. Me recordé para presumir hay que sufrir. Llegamos a un campo muy grande, con casetas muy raras y verjas alambradas.
            >>Estuve cuatro años allí. Uno de los generales me cogió cariño y me retuvo lo más posible para que no me mataran tan pronto. Empecé a cogerles odio a los alemanes. Nos maltrataban, nos mandaban hacer trabajos forzados… y por arte de magia, algunas de las personas que compartían caseta con nosotros desaparecían y no los volvíamos a ver nunca más. Me di cuenta de lo que pasaba cuando mis padres, mis dos hermanos y otra gente desaparecieron.
            Paró para coger aire. Le escuché, atenta.
            -Entonces un día me colé. Formaban colas para llevarlos a una especie de lugares donde todo el mundo entraba pero nadie salía. Me armé de valor, sabiendo que podría irme la vida en ello. El sargento no quería que yo me metiera ahí porque lo consideraba un desperdicio demasiado grande. Incluso le habló de mi caso a Hitler, el cuál le obligó a matarme porque me consideraba basura. A él no le importaba que solo fuera medio judía. No. Él quería asesinarme porque no me consideraba una persona digna para vivir.
            >>Una noche me acerqué a la alambrada demasiado. Intenté hacer un boquete en la tierra para poder salir, pero me resultó imposible. Lo único que podía hacer era saltar. Siempre se me había dado bien eso de trepar árboles, pues en Israel siempre lo hacía, pero nunca había sido tan peligroso. Tuve coraje y lo hice. Salí ilesa y nadie me descubrió. Miré atrás y decidí que iba a llevar a cabo una venganza contra todos los alemanes.
            Su cara se convertía en una mueca de asco.
            -Fue entonces cuando conocí a tu abuelo. Se llamaba Herman Müller. Se enamoró de mí por mi belleza. No lo culpo, era tan superficial… y tan aburrido… cada conversación con él era soporífera. Era oficial de la Gestapo. Un nazi en toda regla, rubio de ojos azules, alto y apuesto. Me ofreció matrimonio con apenas quince años. Era el oficial favorito de Hitler. Esto me dio beneficios, cenas con él, oportunidades de verle… Ay…-suspiró-lo bien que me sentía yo cuando estaba en compañía de Hitler, observándole. ¿Te imaginas si su madre, al nacer él, supiera que estaba pariendo al mayor asesino de masas de la historia? Lo mataría nada más nacer. Aunque bueno, creo que es lo que debería de haber hecho. El mundo está lleno de gente mala sin necesidad de que haya más todavía.
            >>Odiaba a mi marido, a Adolf Hitler y a todos esos borregos suyos. Si no hacías lo que él te decía, te quitaba del medio. Como hizo con mi madre, mi padre y mis hermanos mellizos de cinco años. Tenía tanto rencor acumulado que lo que más quería era irme de Alemania para siempre, pero no podía. Una vocecita en mi cabeza me gritaba que tenía que vengar a toda mi familia, y también a la que no era mi familia. Asique lo hice.
            -¿Qué hiciste?-pregunté asustada.
            -Creo que te lo puedes imaginar, nietecita mía…-susurró con malicia.
            -Hitler se suicidó-le dije, adivinando lo que hizo-No pudiste haberlo matado.
            -No, a él no lo maté…cuando tuve a tu padre, me pensé seriamente acabar con él. Al fin y al cabo, yo era judía y tu abuelo alemán. Una unión así no podía llevarse a cabo. Pero no, al final no lo hice. ¿Qué clase de loba era si acababa con la vida de mi propio hijo? Acabé con Herman. Escondí las pruebas, obviamente. Imagínate si se llega a descubrir que yo maté a tu abuelo siendo judía porque me escapé de un campo de concentración. Me matarían sin pensarlo dos veces, y no tenía ganas de morir. Pero tampoco huí. Maté a otros dos suboficiales de la Gestapo. Y luego me encontré bien para irme definitivamente de Alemania, de esa jaula de chuchos. Mira lo que son las cosas. Acabé por amar a tu padre, aunque fuera el vivo retrato de la persona que más odié en el mundo.
            -Pero… ¿tú a mi padre lo quieres, verdad?
            -Mucho, mucho-me prometió.
            -¿Y a mí?
            -También. A ti más porque no tienes nada que ver con ningún alemán asesino.
            -¿Y de dónde sale mi apellido, Burton? Porque papá se llama George Müller, no George Burton.
            -Así me apellidaba yo cuando era feliz y soltera, en mi casa con mi madre, mi padre y mis hermanos. Le cambié el apellido porque no podía dejar que mi hijo tuviera el apellido de un maldito nazi. Él no tenía la culpa de nada, simplemente era el fruto de la sucia unión entre un alemán y una judía.
            -Entonces me llamo Bethanie Burton Müller ¿verdad?
            -No pronuncies ese apellido, por favor. Tienes un nombre extremadamente bonito. Así se llamaba mi madre.
            -¿Sí?-pregunté incrédula-No lo sabía.
            -Normal, nunca hablo de mis padres. Se me produce un inmenso vacío en el estómago cuando lo hago…
            -¿Cómo se llamaban tus hermanos?
            -Stephen y Charles. No pude creer lo que les habían hecho cuando me enteré. Ese mismo general me lo dijo, el que me cogió tanto cariño. Él nunca me trató mal, es más, siempre lo hizo con dulzura. Yo le echaba veinticuatro años, no más. Diez años te parecen bastantes ¿verdad? Pues no. Tu abuelo y yo nos llevábamos veinticinco. Por un momento lo llegué a querer, al general digo. Y él también a mí. Sabía perfectamente que tenía un carácter débil e ingenuo, algo así como el de tu madre.
            Aquel comentario me dolió más que cualquier otra cosa.
            -Mi… ¿mi madre?-arrastré las palabras.
            -Sí, tu madre. Pero su carácter, el del general me refiero, era mucho más débil que el de Azora. Sabía perfectamente que allí él no encajaba. No era salvaje precisamente. Llegamos a tener citas por la noche, incluso-sonrió con ganas, aunque más bien era una sonrisa incrédula-Intenté aprovecharme de la situación, pero supe que no iba a ser fácil. Le pedí que me sacara de allí a cambio de casarme con él y darle tantos hijos como él quisiera. Desde un principio lo tuve claro: no iba a liberarme. Me equivoqué. Accedió. Descubrí que me amaba, y que de un modo u otro estaba jugando con sus sentimientos.
            >>Pero yo le quería tanto, y a la vez me odiaba a mí misma por quererle de esa manera. Estaba traicionando a mi familia, al honor y a la memoria de todos los judíos. No me importaba. Si él me sacaba de allí yo me casaría con él encantada. ¿Sabes cómo se llamaba? Eric, así se llamaba el que podría haber sido tu abuelo. Parecido al príncipe de las películas de hadas. Él sería mi héroe. Pero no lo fue. No pudo. Algo se interpuso entre nosotros, algo mucho más poderoso que Adolf Hitler.
            -¿Qué le pasó?-pregunté en voz baja.
            -Le mataron-contestó como si tal cosa. Puse una mueca de horror-Alguno de sus compañeros se enteró de que él y yo estábamos juntos y se lo dijo al rey del crimen-musitó con sarcasmo, pero con odio al mismo tiempo-Mi rencor hacia los alemanes aumentó. Me escapé de ese nido de ratas asquerosas. Y entre esas ratas me incluía a mí. Lo era, y sobre todo después de que maté a… ese idiota de tu abuelo. Me convertí en una arpía y era tan mala como Hitler, pero no me importaba. Si él podía ser un asesino, yo también. Lo curioso es que después de eso me convertí en la persona más buscada de la Alemania de Hitler y la Italia de Mussolini. Me buscaban hasta en la Francia ocupada por los nazis-volvió a suspirar-Ay… qué bien me sentí. Si tú lo supieras…
            -No quiero imaginármelo.
            -No sigas preguntando. Lo que viene después puede que fomente tu odio hacia mí.
            -Es un riesgo que estoy muy dispuesta a correr, abuelita-le contesté con frialdad.
            -Tú estás loca, pero si insistes… le hice la vida imposible a todas las esposas de tu padre-me confesó.
            -¿Por qué?-pregunté extrañada.
            -No me parecían lo suficientemente buenas para él. Evelyn, la madre de James, era demasiado viva y espabilada. Antes de tener a tu hermano, se pasaba por ahí de fiesta todo el día con Dios sabe quién… no me pareció apropiada.
            -¿Y qué hiciste?-puestos a decir verdades, que me las dijera todas de golpe y porrazo ¿no?
            -Le envenené el suero antes de que naciera James. Se empezó a sentir mal, recuerdo su expresión de agonía. Siempre tuvo unos ojos muy penetrantes ¿sabes? Sentí que ardía en ellos mientras moría. Luego tuvieron que hacerle la cesárea porque no se encontraba con fuerzas para dar a luz de manera natural. James estaba sanísimo, pero ella se apagaba más conforme pasaban los segundos. Más y más. Hasta que perdió el sentido para siempre. Descubrí que asesinando era la persona más ingeniosa del mundo.
            -Estás loca como una cabra, abuela-susurré tan bajo de tal manera que no pudo oírme. Sacudí la cabeza, me temí lo peor.
            -Tres años después llegó la segunda esposa-anunció con maldad-La odié desde el primer momento que pisó esta casa. Era una mujer demasiado gótica para él, muy siniestra y muy fea. Ese moño alto en la cabeza, esa verruga al lado izquierdo del labio y esa personalidad siniestra me hicieron odiarla con todas mis fuerzas-creí que se desquiciaba por momentos-Pero gracias a ella tuve a mi segunda nieta. Era tan bella, el vivo reflejo de mi madre. No se parecía en nada al imbécil de tu abuelo. Ella la dejó cuando tenía ocho años. No tiene ningún contacto con ella, al menos que yo sepa.
            -¿Y qué hiciste con… mi madre?-titubeé casi sin respiración.
            -La historia de Catherine Mary Cohen no termina ahí. Ella se casó con tu padre por unas razones parecidas a las mías cuando me casé con tu abuelo. Yo buscaba vivir bien, tener riqueza, ser mucho más bella de lo que era. Ella quería conservar la eterna juventud, pero no se puede guardar lo que no se tiene. Es simplemente imposible. Asique la chantajeé. Le dije que si se largaba de esta casa le daría todo el dinero que quisiera. En cambio, si no se iba ya, mataría a Danielle-mi respiración se volvió entrecortada-Obviamente no iba a hacer lo segundo. Tu hermana era muy importante para mí. Para ella, al parecer, no.
            -Qué pasó con Azora, Margaret-no pregunté, afirmé con tono grosero.
            -Ay ya voy, ya voy. Tu madre me pareció demasiado mustia. No nos tratábamos mucho, pues yo vivía cerquita de aquí pero casi nunca venía para no encontrarme con ella. Aunque luego le cogí gusto porque me sentía feliz de amargarle la vida. Fueron varias veces las que se pasó llorando a moco tendido en su habitación toda la tarde por mis insultos.
            >>Cuando te tuvo a ti, me llené de dicha. ¡Para eso servían las esposas de tu padre! Para darle hijos, disfrutar de ellas y luego mandarlas a tomar vientos. Pero Azora me lo puso mucho más fácil. Se suicidó ella-aceptó como si tal cosa. Temblé-Aunque no fue por mi culpa, eh. Pregúntale a tu padre, si no. Él sí que es el verdadero culpable. Tengo entendido que te dejó una carta antes de morir. Qué tierno.
            -Creo que ha sido suficiente por hoy, gracias abuela. Mañana traeré a cenar a Cedric Bradbury, asique prepara algo bueno, ¿vale?
            -De acuerdo. ¿Vendrá él solo?
            -Sí.
            Puede que ahora comprendiese a mi abuela, pero la odiaba un poco. ¿Cómo se podía ser tan cruel, tan vil? Desaparecí del salón y me encaminé a mi habitación. Tenía que invitar a Cedric a una cena, sentirle cerca. 

Capitulo 7: Viejos Amigos

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Pasaron dos largos días sin ver a Cedric después de nuestra cita. Mi hermano se puso muy pesadito con el mundial de Sudáfrica y Danielle incluso rompió la tele a propósito. Mi padre la mandó a arreglar y enseguida estuvo de vuelta. Era una pantalla panorámica de cuarenta y cinco pulgadas.
            George y Margaret mantuvieron el mismo comportamiento estos dos días. Al parecer, nada más iba a cambiar. Tenía decidido preguntarle a mi abuela sobre su extraño pasado, pero primero quería hacer una cosa: hablar con Nicole Clouds. Puede que me estuviera comportando como una paranoica porque soñé que hablaba con ella, pero me interesaba saber cómo le iba. El acto siguiente que sería saber todo sobre mi abuela, hablar con ella.
            Iba a ir a la ciudad universitaria de Mouthway. Allí la encontraría seguro, pero antes tenía que ir a Lenny´s, un bar que quedaba cerca de la universidad, lugar favorito de Nicole para pasar el rato.
            El sitio en sí era una especie de antro, bohemio y situado en un bajo enfrente de los terrenos de la universidad, con inspiraciones indias en cuanto a la decoración, y no estaba muy iluminado. Solo me haría falta ir allí para encontrarla. La conocían perfectamente, uno de ellos creo que fue su novio en un pasado bastante lejano. Pero bueno, primero iría allí. Había oído rumores, algunos creíbles, otros no tanto… el caso es que Nicole estaba muy distanciada de las que habían sido sus compañeras de guerra. No sabía por qué. En realidad… ¿cuántas cosas no sabía?
            Conté dos veces antes de bajarme del coche. “No te sientas el ombligo del mundo” me dije. Aquí todos me conocían aunque mi universidad estuviera a media ciudad de distancia de la suya. Frecuentaba ese bar muchas veces antes de dejar mis estudios, supongo que era una manera de superar las miles de discusiones que había en mi casa. Normalmente solía ir al OneFold Cinema, que me quedaba mucho más cerca pero a veces me acercaba para ver a Lenny. Era un chico muy majo, con pelo marrón claro liso y ojos oscuros.
            En la calle se respiraba felicidad. La vida universitaria era mucho mejor de lo que recordaba. Aún no había acabado el semestre, por lo que los estudiantes continuaban con las clases. Recordaba claramente este ambiente. Me encantaba, no había otro mejor.
            Me aproximé al bar. Respiré cuatro veces seguidas antes de entrar. Ahí dentro iban a estar trabajadores borrachos gastándose la paga del viernes que no tuvieron tiempo de gastarse el fin de semana. Iba a convertirme en una adolescente perdida entre varios borrachos. Lo que hay que hacer para encontrar a Nicole Clouds.
            El picaporte de la puerta sonó a óxido cuando tiré de él. Me dieron escalofríos, pero proseguí con la acción.
            Tal y como lo recordaba, el bar estaba oscuro y lleno de humo, con el suelo de madera que chirriaba al pasar y una barra con telas de araña. Los vasos en los que se servía la cerveza estaban sucios, gastados. Por un momento no encontré a Lenny. La música que sonaba de fondo estaba muy baja, pero era del género que suponía. Los hombres que había allí me miraron con cara rara, estaban vestidos de traje. Cuando me aproximé a la barra, uno de ellos me silbó. Puse los ojos en blanco.
            -¡Hombre, Bethanie!-exclamó Lenny, levantándose del suelo. Posiblemente estaría detrás de la barra escondido- Me da gusto verte por aquí. Cuanto… tiempo.
            -Lo mismo digo, Lenny-contesté con sinceridad.
            -¿Quieres algo? Tengo la mejor cerveza de este pequeño pueblo, ya lo sabes-me recordó con malicia.
            -No, gracias. En realidad venía a preguntarte algo, pero no sé si sea el lugar adecuado-dije mirando a mi alrededor-Hay mucha gente y las paredes escuchan.
            -¡Pero si somos cuatro amigos, por Dios!-exclamó. Toda la gente que estaba en el bar le observó con cara enfadada-Y por las paredes no te preocupes, las tengo insonorizadas- tenía que reconocer que a Lenny nunca se le había dado bien eso de asimilar frases hechas. Me reí entre dientes.
            -Estoy buscando a Nicole, ¿sabes dónde está?
            -¿Y qué te hace pensar que sé la respuesta a tu pregunta?-me preguntó poniendo cara de circunstancia.
            -Bueno,-dije arrimándome a él, así no tendría que alzar la voz-estuviste a punto de contraer una unión de hecho con ella. Por favor, Lenny. Dímelo-le pedí poniéndole ojitos- Sé que lo estás deseando.
            -Tienes unos ojos especialmente bonitos, ¿te lo ha dicho alguien alguna vez?-me piropeó-Sigue en pie mi oferta.
            -Gracias, gracias pero no-negué con educación.
            -¿Estás ocupada?-inquirió de nuevo con malicia.
            -Más o menos. ¿Me quieres decir dónde está tu ex novia?-le urgí.
            -Estará en la universidad, hace mucho que no la veo. Tú… vete a buscarla y sal de este antro de mala muerte. No es bueno para una niña de diecinueve años.
            -Por favor, ni que tuvieras cincuenta-le contesté con fastidio, saliendo del bar-¡Yo antes era tu cliente de oro!
            -Y lo seguirás siendo hasta que este bar se reduzca a escombros-me aseguró.
            Fui tatareando una canción desde que salí de ese bar hasta que llegué a la puerta del campus. La universidad era privada, muy cara. Una de las mejores del país. Me iba a ser un poco difícil encontrar a Nicole en la universidad, aunque ella siempre estaba en la cafetería leyendo revistas de moda y actualidad. Estaba estudiando periodismo, pero no para trabajar en periódicos o televisión. No. Ella quería trabajar en una revista de moda, y nos prometió a todos que algún día lanzaría su línea de ropa.
            La cafetería tenía decoración muy fina, con el suelo de parqué muy claro y paredes de un color salmón que no resultaba mareante. Parecía una habitación de una casa de playa, muy abierta. De música de fondo sonaba la misma canción que yo tarareaba.
            Fue entonces cuando la vi, después de tanto tiempo. Se sentaba en la mesa metalizada del medio, sola, leyendo un libro y desayunando un café con un croissant. Parecía muy concentrada. Me dirigí hacia allí. Cuando llegué, me senté enfrente de ella. En un principio me miró confusa, pero luego me sonrió.
            -¿Bethanie Burton?-preguntó con asombro.
            -Aunque parezca mentira, he vuelto a aparecer-respondí con aplomo, dedicándole una sonrisa.
            -Y… ¿a qué se debe tu visita? Creía que habías dejado tus estudios universitarios.
            -Los volveré a retomar en Octubre, gracias. Ayer… soñé contigo, por eso he venido a verte.
            -Vaya, nunca imaginé eso. ¿Y por qué? ¿Qué hacía yo en ese sueño?-preguntó con interés, cerrando su libro.
            -Mira, sé perfectamente que tu y yo en los últimos años no hemos estado precisamente unidas y no te sientas mal por esto, pero te estaría mintiendo si te dijera que he olvidado nuestras riñas cuando teníamos doce años-esbozó una sonrisa compungida- pero he decidido empezar de nuevo, borrón y cuenta nueva. Porque sino viviría atormentada toda mi vida y no me apetece.
            -De acuerdo… bueno, no te ofendas pero que no me hayas perdonado no me ha quitado el sueño pero… gracias de todas maneras. Lo siento, siento haberte llamado bicho raro cuando éramos más pequeñas, enfadarme contigo sin motivos aparentes. Pero tú estabas con Daphne y esas a la hora del almuerzo y… supongo que eso era lo que hacía que no te integraras ni salieras con nosotras por la calle. Cuando volviste a Shadows… pues no me emocioné, porque siempre te he tratado cordialmente, a veces no con respeto y lo siento mucho. He cambiado, para mejor creo.
            -Yo también he cambiado ¿sabes? Me siento distinta y diferente. Supongo que los cambios llegaron después de conocerle.
            -¿Conocer a quién? Ya decía yo que te traías algo entre manos.
            -Cedric Bradbury, ¿te suena?-inquirí, sonriéndole.
            -Ay, sí. Me lo presentó Kate en una fiesta como si fuera su chico. No me sorprendería que si os viera juntos intentara quitártelo. Es… una zorrilla, por llamarla de alguna manera.
            -¿Por qué? ¿Qué te ha hecho?-quise saber, extrañada.
            -Se… lió con un chico, con mi chico para fastidiarme. Perdí las amistades con ella, y mira que me lo hizo varias veces cuando teníamos catorce años. Pero la perdoné…
            -Si te lo hubiera hecho yo me hubieras puesto verde y jamás volverías a hablarme. Todos sabemos que nunca fui santo de tu devoción.
            -Pero eso ya ha pasado. Me he distanciado demasiado de ellas, supongo que porque nada es para siempre. Pero no te preocupes, Kate ya ahuecó el ala hace bastante tiempo. Creo que está en Blacktown. Y a no ser que vuelva por algún absurdo juego del destino…
            -No he venido aquí para hablar de ella, sino para hablar de ti. ¿Qué tal estás?
            -Muy bien, mejor que nunca. Adivina algo…-pensé, negué con la cabeza-¡Michael me ha pedido matrimonio! ¿Te lo puedes creer? Ya sé que soy muy joven y eso, pero me ha dicho que hasta que yo no tenga veinticinco no nos casaremos. Pero qué más da, estoy tan feliz… desde hace varios años quise formalizar nuestra relación y ahora que llega el momento pues… supongo que no puedo dejarlo escapar.
            -Me alegro mucho por ti, la verdad-sonreí-Y pensar que serías tú la primera que sentaría la cabeza…
            -Bueno, sí. Siempre he querido estar con él, por eso cuando me enteré que Kate se lió con él para fastidiarme, no me enfadé tanto como esperaba. Kate dejó de ser mi amiga y Michael me pidió que fuéramos serios en cuanto a lo que teníamos. Decidí que sería lo mejor, y acepté sin dudarlo. Dentro de cinco años, cuando ya sea una profesional hecha y derecha, tenga mi trabajo y una estabilidad económica aceptable, nos casaremos por todo lo alto.
            >>Mis padres ya se pusieron de acuerdo con los suyos, se llevan genial y eso. Aunque sea un poco precipitado, da igual. Cinco años pasan volando. Él compró un piso en Shadows, y sus padres tienen uno cerquita de aquí. Da igual. Quiero a Michael Speed y él será mi esposo cuando termine la carrera. Y espero que tú también formalices tu relación con Cedric. ¿Ya has conocido a sus padres?
            -Sí, pero no como su novia, sino como su amiga.
            -Tú no te preocupes por nadie, haz lo que quieras hacer. Me acuerdo de Cedric como si lo hubiera conocido ayer ¡qué mono es! Y con todos mis respetos, está muy bueno, la verdad. Pero… supongo que me van más los pálidos-se rió.
            -Él también es pálido a su manera. No tiene la piel muy morena, que se diga-discutí.
            -Hombre ya, pero… el mío parece una especie de vampiro. El tuyo, en cambio, no. Al menos no me parece que tenga la sangre de horchata, no sé si sabes lo que quiero decir.
            -Lo sé perfectamente. Venía a preguntarte algo, pero estoy siendo un poco paranoica la verdad. Desde que soñé contigo despertaste mi curiosidad.
            -Pero… ¿qué decía yo en ese sueño, eh?-curioseó-Dímelo ya.
            -A ver, estabas hablando con mi hermana Danielle sobre la buena pareja que hacíamos Cedric y yo… Fuego y Hielo.
            -No quiero saber quién es quién-musitó con sarcasmo, negando con la cabeza.
            -¿Ni siquiera te lo imaginas?-le sondeé.
            -Hace más quién quiere que quién puede.
            -Te equivocas. Un ciego quiere ver, pero no puede, por lo tanto no ve.
            -Pero eso es diferente, Bethanie. Además… prefiero hablar de otras cosas. ¿Cómo te va la otra vida, la no sentimental?
            -Pues mal, porque Drake cree que me quiere. Me lo dijo el otro día en mi fiesta-musité con desagrado. Estalló en una carcajada.
            -¡Vaya cómo ha tardado el chico! Creí que no te lo iba a decir nunca-dijo entre risas. Le puse ojos graves. Esto de los sentimientos de Drake hacia mi iba a traer mucha cola.
            -¡Ah, ¿tú ya lo sabías?! ¿Desde cuándo?
            -Jope, Bethanie. Todos los de la pandilla lo sabíamos, no obstante. Era obvio que sentía algo por ti, se preocupaba más de lo necesario. Incluso era un poquito pesado hablando de Bethanie Burton a todas horas.
            -No quiero ni imaginármelo-susurré.
            -Bueno, Bethanie. Ha sido un placer verte pero tengo que irme a una pequeña reunión. Formo parte de una hermandad-dijo, levantándose-Espero que nos veamos muy pronto. Suerte con Cedric y también con Drake. Espero que te deje vivir feliz.
            -Yo también lo espero. Gracias Nicole-me sinceré-Aquí la que sale sobrando soy yo. En octubre volveré a la universidad.
            -Adiós, chica. Cuídate mucho.
            Le sonreí.
            -Igualmente-añadí.
            Salí por donde había entrado. Esta charla con Nicole me había ayudado mucho. Ella también era humana, no de piedra como en ocasiones pude pensar. Ella también quería formar una familia con alguien, casarse, tener sus hijos. Ojalá algún día pudiera imitarla.
            Afronté con decisión mi vuelta a Shadows. Prueba superada.